¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Directorio Looking For You
Sáb Feb 08, 2014 11:32 am por Invitado

» Summer Games - Foro Recién Inaugurado / A.Normal
Sáb Sep 29, 2012 1:46 pm por Invitado

» Carpe Retractum // Foro de Hp - tercera generación //NORMAL//
Vie Ago 03, 2012 8:50 am por Invitado

» Twilight Saga Rol {Afiliación normal}
Sáb Jun 30, 2012 10:04 am por Invitado

» The Afterlife Oblivion (normal)
Vie Mayo 04, 2012 6:55 am por Invitado

» Lectores Escribiendo
Miér Mayo 02, 2012 3:33 am por Invitado

» Quimera Asylum {Normal}
Miér Abr 25, 2012 10:14 pm por Invitado

» Twilight Rol Suiza {Afiliación Élite}Un año ONLINE !!!
Miér Abr 25, 2012 1:38 am por Invitado

» {+18} CALAPALOOZA ~ Berkeley, University of California
Miér Abr 11, 2012 9:53 am por Invitado




































Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Lun Ene 23, 2012 7:43 am

Un día. Un mes. Dosmilalgo. 14:36 PM.
Don't fuck with dad

Bel-Air. El paraíso del lujo, de esas familias que pueden limpiarse el culo con billetes de cien sin quedarse sin blanca a final de mes. Dueños de empresas multimillonarias, artistas, tanto pintores como escultores, como también algún que otro cantante que había alcanzado la fama mundial gracias a un nuevo disco que consiguió hacer que la gente dejara de descargar música desde su casa para trasladarse a la tienda más cercana y comprar su álbum. Presidentes que antaño la gente adoraba y que ahora se pasaban la vida metidos en una residencia de miles de metros cuadrados y que no sabían aprovechar. Actores. Jóvenes promesas con unos padres forrados. Ocho mil personas que disfrutaban de vivir en una zona lujosa, lejos de todo el bullicio de la costa, culpa de todos aquellos turistas, cámara colgada al cuello, que intentaban retratar todo lo que pasaba alrededor de ellos, sin pararse a ver realmente lo que había allí, en California. No solamente era calor y sol, también eran historias que contadas en otra parte, nadie creería. Historias como la de un muchacho, de nacionalidad rusa, que pensaba que la playa de Santa Mónica era nudista. Un muchacho que llegó minutos después a su casa con el traje de neopreno de un niñato de quince años al que tuvo que sobornar. Andrey no estaba para que le tocaran los cojones, nunca mejor dicho. Le dolía la entrepierna y hacía grandes esfuerzos por no ir corriendo a por Alex. Suponía que ya estaría en esa enorme casa, y precisamente como era grande no tendrían por qué encontrarse. El ruso quería terminar la mañana tranquilamente. Había perdido el piercing, pero no el nabo, por lo que tenía que estar muy agradecido a ese tirón que casi hace que se desmaye y se ahogue.

No tardó mucho en darse una ducha y comer algo en compañía de sus hijos, quienes le esperaban con los brazos abiertos, dispuestos a jugar con su papá toda la tarde si hacía falta. Andrey se lo tomaba con bastante humor. Él solito se lo había buscado hacía años, primero con Hailie y más tarde con Harlow. Él la había metido. Él tenía que hacerse responsable de un par de niñas que solamente querían jugar a ser peluqueras con el pelo de su padre, que ya de por sí estaba bastante jodido por esos jueguitos que no le gustaban. Resignado. No le quedaba otro remedio. Incluso le divertía que el niño de la casa le pintara las uñas mientras tanto. Una estampa que a más de uno y de una le sorprendería. Sentados en el enorme salón con el que contaba la casa que se habían agenciado hacía ya un tiempo, los cuatro jugaban distraídamente. Andrey estaba extrañado. No escuchaba a Alex por ninguna parte. Ni sus pasos. Ni sus resoplidos, ni siquiera escuchaba cómo llamaba a Jèr para que le mandara un mensaje a Andrey que no sería otro que un vete a la mierda y hoy duermes en el sofá, de forma muy sutil, con tal de que los niños no se dieran cuenta de que esa mañana, otra pelea había vuelto a joder el día. El ruso suponía que no solamente había jodido el día con ese puñetazo que no pudo controlar, sino que también toda la semana y si la cosa iba a más, todo el puto mes. Durmiendo en el sofá o con cualquiera de los niños que se apiadara de su padre y le dejara dormir con él en su cama. Andrey negó con la cabeza, no estaba dispuesto a amargarse porque esa gilipollas aún no hubiera llegado a casa.

Para él, Alex tenía la culpa de todo, absolutamente todo lo que pasara entre los dos. No importaba si él le había propinado un puñetazo, ella hizo algo peor: le dejó solo y en bolas a la vista de media playa, corriendo el riesgo de poder ser denunciado por algún hijo de puta que odiara al ruso. Alex era la culpable de su alegría, de su tristeza, de su mal humor y de su soledad. Alex tenía la culpa y esperaba que llegara a casa para partirle la cara de nuevo. ¿Por qué no estaba ya en casa con sus hijos? ¡Los había dejado solos y se había marchado tan ancha! Y luego el irresponsable soy yo, ya, claro que sí.-¡Que no, Harlow! ¡Que no quiero mechas rosas! Díselo a tu hermana, o a Jèr, pero yo no.-El muchacho rió, tratando de taparse la cabeza con ambas manos para que la niña, que no superaba los tres años, se afanaba en intentar llenar a su padre de mechas. Alegaba entre balbuceos que su barbie no tenía cabeza, porque se le había perdido. La niña, a pesar de su corta edad, era muy inteligente. Lanzaba indirectas. Si Andrey no le compraba otra muñeca sufriría las consecuencias y tendría que salir a la calle con gorra si no quería que le viesen esas mechas de colores estridentes. Una niña con genio, como él. Distinta a Hailie y a Jèr. Tan distinta que parecía que tenía a sus hermanos controlados. Ni tres años y ya no se le acercaban con tal de no acabar con un mordisco en la cara. Una salvaje, pero que se convertía en todo un revoltijo de mimos y caricias para su padre, quien todavía no se lo explicaba.-¿Sabes dónde está mamá, Harlow? ¿No? -Frunció el ceño ligeramente, dejándose abrazar, y abrazando de paso a la criatura, quien había aprovechado la pregunta para lanzarse sobre su padre y apresarle con sus diminutos brazos.-Que manía tienes con meterme el dedo en la nariz. Tú tienes una, deja la mía tranquila. ¡Y no te rías!
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Lun Ene 23, 2012 9:59 am

Point your finger at me and I'll bend it back and break it.

Las palmas de la mano de Alex sangraban bajo el agua que salía del grifo del cuarto de baño que solía utilizar; una pequeña estancia en colores claros donde se encerraba durante horas con tal de no romper un jarrón contra la cabeza del ruso. Sus uñas habían rasgado la piel de las palmas de sus manos durante el tiempo que tardó en volver a casa desde la playa, ésta vez haciendo uso de un taxi que había conseguido parar nada más encontrarse de frente con el tráfico californiano. Sus labios habían mordido el interior de sus mejillas durante todo el trayecto, haciendo que éstas también sangrasen. Quería olvidarse del golpe que marcaría su cara durante un par de días. Quería olvidarse de ese latido constante que sentía en el pómulo. En el punto exacto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Esa era la cantidad exacta de crujidos, uno por cada dedo, que la rumana había sentido y que seguía escuchando por encima del ruido del agua que caía en el lavamanos teñida de rojo. El felino de mirada oscura, la miraba por el espejo. En silencio. No se movía. Alex bufó, girando la cabeza para mirarle directamente, evitando tener que hacerlo gracias al espejo. ― ¡Lo sé! ¡Ya lo sé! ― Le gritó, contestando una pregunta que, aparentemente, nadie había formulado. ― ¡Deja de mirarme así! ― Masculló con rabia, cerrando el grifo antes de hacerse con un jaboncillo con el que, al lanzarlo, intentaría espantar al gato. No le quería allí. No quería verle a través del espejo. No quería ver como movía la cola en el aire, diciéndole sin hacerlo un ''te lo dije'' que sólo conseguía hacer que la sangre le hirviera todavía más. Alterada y en silencio, la rumana pudo ver como el felino, tan obediente como siempre, hacía exactamente lo que se le pedía: salía y la dejaba a solas. Lo siento, se disculpó en silencio. El portazo que vino a continuación rompió el silencio que la había rodeado por momentos.

Las pulsaciones aceleradas y una sensación que le oprimía el pecho. Alex había terminado de calentarse cuando, al llegar a casa y encontrarse de frente con la cabellera rubia de su hijo, éste se escabulló hacia la cocina para hacerse con una bolsa de congelados que calmaría el dolor físico de la rumana. Póntelo, le había dicho. Sin contestar, la rumana se había encerrado en el baño, lanzando la bolsa de congelados contra el espejo que colgaba de la pared y haciendo que éste se hiciera añicos delante de sus narices. Siete años de mala suerte y un par de cortes en las piernas por culpa de un arrebato fruto de la histeria, pero que ni siquiera le importaba. No importaba la sangre de sus manos, ni la que había podido saborear en su boca. Ni siquiera la que había manchado los azulejos después de la lluvia de cristales que la rumana había propiciado. ― Hijo de puta. ― Murmuraba una y otra vez. ― Debería de haberme ido. ― Debería de haber ignorado su voz cuando éste había gritado su nombre. ― Debería de haber dejado que se lo llevaran a tomar por culo. Con un poco de suerte le hubiesen hecho hombre antes de que lo soltaran y viniera para casa. ― Susurró con desprecio antes de deslizarse contra la cerámica de la bañera, sumergiéndose bajo el agua hasta que sus pulmones la obligaron a incorporarse. La rumana necesitaba poner la mente en blanco durante un par de segundos. Necesitaba relajarse. Necesitaba olvidarse de lo que había pasado en la playa, pero el dolor que seguía latente en su cara, le impedía lograrlo.

No quería salir; Alex quería refugiarse entre las cuatro paredes que conformaban el cuarto de baño hasta asegurarse que los ojos del ruso permanecerían dentro de sus cuencas. Se hubiese quedado allí dentro encerrada si no corriese el riesgo de clavarse alguno de los muchos cristales que habían esparcidos por el suelo de la estancia. Se hubiese quedado allí dentro encerrada si no existiese la posibilidad de que alguno de los críos subiera hasta la planta superior en su busca, entraran y fueran ellos quienes acabaran con un trozo de cristal incrustado en la planta del pie. Los ojos del ruso eran lo de menos, lo que realmente preocupaba a la muchacha de ojos azules eran ese par de críos que, al parecer, ya estaban en compañía del hombre que decía ser su padre. No, Alex. Relájate. Están los niños ahí. Ya habrá tiempo. Ya le cogerás solo, se decía a sí misma mientras bajaba los escalones con toda la tranquilidad que le era posible, ignorando al felino que intentaba hacerla trastabillear. Un esfuerzo que más tarde sería recompensado. Sin inmutarse, y olvidándose de los cristales que esperaban por ella en el baño, la rumana atravesó la puerta del salón con unos shorts vaqueros y camiseta para unirse a la bonita estampa familiar que tenía delante de sus narices. No dijo nada; ni una sola palabra salió de entre sus labios al entrar ni tampoco cuando se acopló sobre uno de los sillones y los brazos del hombrecito de su vida rodearon el cuerpo menudo de la morena. ― Hola. ― Murmuró después de haber enterrado la nariz entre la cabellera rubia del niño, buscando por primera vez, desde que había entrado, la silueta del tio al que deseaba poder arrancarle la cabeza. Y ahí estaba. Mientras la rumana abrazaba el cuerpo menudo de su hijo, el cabrón estaba, con el torbellino que habían concebido juntos, sobre su regazo haciendo de las suyas. Ahí estaba después de haberse quedado sin nada en la playa. Después de que la rumana se hubiese ido, llevándose el piercing del chico con ella. ¿Cómo se las había ingeniado el ruso para llegar hasta Bel-Air? No le importaba.
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Mar Ene 24, 2012 3:34 am

Las cosas no eran fáciles en la vida de Andrey. Parecía, desde fuera, que tenía todo lo que podía pedir. A sus veintiséis años de edad seguía recibiendo mensualmente una cantidad de dinero desorbitada que sus padres le daban muy religiosamente con tal de que el único hijo de la diminuta familia Nóvikov no apareciera una mañana en algún periódico nacional por haber muerto en una carretera cualquiera, atropellado al intentar conseguir algo de comida cruzando el asfalto que le separaba de un albergue. Los padres de Andrey eran importantes, reconocidos en sus respectivos puestos de trabajo en el hospital más importante de toda Rusia, donde acudían cientos de personas con dolores varios para que ambos les ayudaran a recuperarse, o por lo menos para diagnosticarles. El ruso nunca quiso saber nada de medicina, y los Nóvikov le perdonaron. Nunca quiso saber nada de estudios, ni siquiera de los básicos, y también se lo perdonaron. Nunca quiso saber nada de ataduras y tuvo una cría a la que ni siquiera podía cuidar por culpa de su adicción a las drogas, y le perdonaron. Pero no solamente eso. Cuidaron de la niña que ahora, sentada en el suelo de ese inmenso salón miraba a su padre, enigmática como siempre. Callada. Reservada. Le observaba y Andrey sabía que mentalmente le estaba preguntando si había sido él quien había dejado la cara de la rumana hecha una auténtica porquería. El muchacho no tenía ni siquiera fuerzas para enfrentarse a la mirada inquisitiva de su hija y admitir que había sido él. La culpabilidad comenzaba a pesar sobre ese par de hombros acostumbrados a soportar decenas de kilos, pero no para soportar ese sentimiento de angustia.

No le gustaba. Le agobiaba. Le hacía sentirse menos hombre, y desde luego no lo era. Por regla general, el muchacho de nacionalidad rusa asestaba golpes a diestro y siniestro a la única mujer que se había atrevido a seguirle el juego, únicamente por diversión, por calentarse más de lo necesario. Le ponía cachondo el poder darle un golpe, y que ella se lo devolviera con todavía, más fuerza. En la cara, en el pecho. Donde fuera. La cuestión era que a Andrey le gustaba ese juego, tan peligroso, y que tuvo como consecuencias un par de huidas de países para no enfrentarse a la realidad. Para no enfrentarse a sí mismos. No ha sido culpa mía, ella me dijo que tirara. No importaba cómo intentara excusarse, ni cuanto tiempo lo hiciera. Aquellos ojos de un color precioso, que le miraban directamente a él, le culpaban de todo. Andrey sabía que no tenía ninguna manera de escapar: tendría que contarle todo lo que había pasado a esa niña a la que amaba con todo su corazón, desde que la vio por primera vez. Torció el gesto, dándole así a entender que ya se lo explicaría luego. La muchachita se limitó a asentir. Lenguaje no hablado. Signos que querían decir algo especial. Una conexión padre e hija que el ruso sabía que tenía Alex con Jèr. La misma. Se conocían demasiado bien. Sabían lo que el otro quería decir, aunque no lo dijera. A pesar de su corta edad, Hailie hacía gala de una madurez que a Andrey incluso le había llegado a asustar, pero que sobretodo, le había amargado. Hailie era una cría madura, porque tanto su compañera como él les obligaron a crecer rápidamente, a los dos. Les obligaron a esconderse debajo de la cama y abrazarse mientras escuchaban los golpes al otro lado de la puerta. Les obligaron a taparle los oídos con las manos a su hermana pequeña para que no fuera testigo de las peleas, como la que se avecinaba.

Escuchó los pasos dirigiéndose a la sala, mas no pudo hacer nada. No se movió del sitio. Se limitó a acoger entre sus brazos a ese par de niñas que se empeñaban en dejarle hecho un maniquí todas las tardes, cuando Alex se marchaba a hacer tatuajes a la tienda que él mismo abrió hacía no mucho tiempo, y de la que aún estaba al mando. Ese día no habían tatuajes. Solamente silencio. Incómodo. Andrey no lo soportaba y en silencio le agradeció a la rumana que al menos hubiera saludado, él, por su parte, no podía dejar de pensar en que Harlow no había visto ni una sola vez a sus padres darse algo de cariño, tal y como lo hacían sus propios padres. Ellos se querían, yo no sé querer. Esa era la justificación para todos los actos. Para cualquier cosa. Es que no sabía hacer ésto o lo otro. Se escondía detrás de un escudo hecho con excusas baratas, pero eso era lo que menos le importaba.-Eh, hola.-Susurró, fingiendo una sonrisa que ninguno de los que estaban allí se creyó. Alzó la vista para encontrarse con el pómulo marcado de la muchacha y negó con la cabeza. ¿Cómo iban a creer que por primera vez, lo había hecho sin querer? Un acto reflejo. Un puñetazo que admitía que no tenía que haber dado. Jèr no le miraba. Estaba molesto con el ruso, y con razón. La mano de Hailie se hizo con la suya y momentos después, entrelazó sus pequeños dedos con los de Andrey, con los mismos que había cerrado para pegarle a esa mujer. La culpabilidad era algo que no le gustaba a nadie. Un martilleo constante en la cabeza que le decía que lo había hecho mal, muy mal, y que ahora iba a tener que pagar.-Hailie, Jèr... ¿Por qué no os lleváis a Harlow a jugar fuera con los chuchos? Alex y yo tenemos que hablar. Cosas de mayores. Venga.-Les animó a marcharse, a sabiendas de que el par de niños ya sabían lo que vendría a continuación. Un par de besos de despedida. Una puerta que se abría, y se cerraba tras los niños. Ya no escucharían nada. Era la hora de enfrentarse a los problemas.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Mar Ene 24, 2012 5:07 am

¿Cómo conservar la calma cuando lo que realmente desearías es estallar? Cuando quieres gritar hasta que las cuerdas vocales te hicieran un alto, impidiendo que ni una sola nota más saliera de ellas, terminando así de destrozarlas y ocasionando una ronquera que duraría días. Resentidas. ¿Cómo conservar una calma que no existe dentro de ti? Una calma inexistente que la rumana se había obligado a creer cuando, realmente, quería romper cosas, lanzarlas contra el suelo para hacerlas añicos o, tal vez, usarlas como armas contra el contrincante que acostumbraba a hacerle perder la pelea. El espejo del cuarto de baño que había lanzado, en silencio mientras observaba lo que ocurría, una maldición contra la rumana que duraría siete años, sólo había sido el comienzo de una batalla campal que no tardaría en empezar. Sin trincheras, sin banderas blancas que izar en el aire cuando quisieras rendirte. Alex sentía, por primera vez desde el nacimiento de la pequeña Harlow, que no le importaba que estuvieran los niños allí, delante de ellos. Presenciando todo en silencio. Que escucharan, que vieran lo mismo que ella había tenido que ver y oir cuando tenía la misma edad que ellos. No le importaba. Cegada, así estaba. La rabia, el dolor; se saltaría una de las muchas reglas que habían vuelto a poner cuando la más pequeña volvió el mundo de ambos del revés. La rumana casi podía jurar que esos pares de ojos aniñados no la frenarían, así como tampoco lo harían los brazos del niño que la sujetaban, arropándola, transmitiéndole una seguridad que sólo él era capaz de transmitirle a Alex, que sólo él era capaz de hacerle sentir. ― No te preocupes. No ha pasado nada. ― Susurró en su lengua materna, contestando la pregunta que el rubio había formulado en rumano.

Amarga. Ésa era la sensación que recorría cada vértebra del cuerpo de la morena, haciendo que sus fuerzas menguaran con el avance del segundero del reloj. Detestaba sentirse como, antaño, lo hizo su madre en Bucarest. Un golpe. Un golpe que la rumana no había pedido para que su entrepierna se mojara, preparándose para recibir al ruso. Un golpe que, de no haber estado bien sujeta al chico, la hubiese dejado bajo el agua. Un golpe que, para Alex, no había dado Andrey, sino ese hombre que había dedicado toda su vida a la iglesia en vez de a ella misma. Un hombre cuyas faciones no recordaba, pero que podía ver en las del ruso esa misma mañana. ― Ve, anda. ― Susurró justo antes de estampar un beso en la frente del rubio que, a regañadientes, se levantaba para salir junto a sus hermanas al jardín. ― No entréis, yo saldré a buscaros después. ― Ninguno parecía necesitar mayores explicaciones para obedecer lo que el ruso les había pedido en inglés. En silencio, y cogidos de la mano, habían abandonado el salón para salir al exterior y reencontrarse con una auténtica jauría de perros que el ruso se había empeñado en llevar con ellos allá donde iban. Se habían marchado dejando al par de titanes solos dentro de la casa dispuestos a limar asperezas. Los habían dejado solos, pero con la supervisión del felino que, nada más cerrarse la puertad el jardín, había hecho acto de presencia, subiéndose sobre el sofá donde estaba la rumana para ocupar una butaca de primera fila. No había ronroneado para mostrar su enfado para con la rumana, ni siquiera se había vengado aruñándole la piel desnuda que sus vaqueros dejaba a la vista. Estaba allí para apoyarla, lo que significaba que le había perdonado el incidente del baño. Alex suspiró con notoria pesadez, buscando la cabeza de Lucifer para acariciarle las orejas antes de armarse de valor y levantarse.

El momento había llegado. ― ¿Sabes qué, Andrey? De vuelta a casa he pensado muchas cosas. ― Le hizo saber, encogiéndose los hombros de forma desenfadada mientras caminaba, aparentemente, sin rumbo por el salón. Sin detenerse. Sin fijarse en nada hasta que lo tuvo delante y sus manos desabotonaron la camisa de cuadros del ruso para dejarla caer al suelo. ― Pensé en recoger mis cosas, recoger las de Jèr y recoger las de Harlow, para darte una sorpresa cuando llegaras. ― El tono de voz de Alex, para su propia sorpresa, no era tan alto como hubiese imaginado que sería. Extrañamente calmada. Extrañamente tranquila aunque no se atreviera a buscar los ojos ruso con la mirada. ― Pero esa hubiese sido la opción fácil. ― Y la rumana no quería ponérselo fácil ésta vez. No iba a recoger sus cosas para salir corriendo en un intento por darle donde, seguramente, le iba a doler. Ella no había hecho nada, ella no se iba a ir a ninguna parte aunque ganas no le faltaran; aunque deseara subirse en un avión junto a la prole y volver a cruzar las puertas de su casa en Londres. El ardor de sus manos pesaba más que el deseo de salir huyendo. Así se llevara un par de guantazos que la hicieran perder el equilibrio durante un par de segundos. Así se llevara un par golpes que le regalaran un par de morados que no lograría esconder de los ojos de los más curiosos. ― Además, no sería justo. ― Sentenció nada más alzar la vista para encontrarse, de lleno, con las dos lunas llenas de colores claros que conseguían helarle la sangre a muchos de los adversarios con los que se enfrentaba los fines de semana. ― ¿No crees? ― Le preguntó sin muchos ánimos mientras, a tientas, buscaba con las manos el cinturón que impedía que sus pantalones acabaran en el suelo. ― Tú me has pegado a mí y lo más justo sería que yo te pegara ahora a ti. ― No era una pregunta. No era una autorización con la que el ruso le permitiría a la chica actuar. La rumana se encogió de hombros justo antes de liberar el cinturón de sus presillas con suavidad, acariciando la hebilla de éste con el pulgar.

Alex no iba a hacer impactar ninguno de sus puños contra el cuerpo fibroso del ruso. ¿Qué probabilidad había de que él sintiera lo mismo que sentía ella, en ese mismo instante, en el pómulo? No necesitaría ninguna bolsa de hielo para bajar una hinchazón inexistente. No necesitaría una buena base de maquillaje para cubrir un morado como el que le saldría a ella y llamaría la atención de todos. ― Me lo debes. ― Y esas fueron las últimas palabras que, envenedadas, saldrían de entre los labios de la rumana. Las últimas palabras que le dedicó al ruso, aguantándole la mirada mientras retrocedía un par de pasos con los pies descalzos. Las últimas palabras que resonarían entre las paredes de la estancia hasta que la hebilla del cinturón que la rumana había deslizado entre sus manos impactó contra la piel bronceada del ruso. Uno, contó en silencio para sus adentros, y con los ojos cerrados a cal y canto para no tener que ver lo que hacía. Dice la biblia que el número de latigazos, según la ley hebrea, era de cuarenta. Por escrúpulos. Por compasión tal vez. Jesús recibió latigazos hasta que le dejaron irreconocible; hasta que los romanos se cansaron. Andrey, por el momento, sólo iba por el primero.
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Mar Ene 24, 2012 6:24 am

Fuera de aquella casa, en Bel-Air, todos vivían ajenos a lo que pasaba entre esas cuatro paredes que formaban la residencia de esa extraña pareja que a menudo parecían estrellas de cine. Una pareja perfecta que paseaba con su camada y que sonreían y bromeaban mientras avanzaban por la acera, con gafas de sol que impidieran que los más curiosos les miraran a los ojos, impidiendo que los rayos de luz les cegaran. Con aires de grandeza. Como si en ese paseo fuesen a comerse el mundo. La pareja perfecta, era a su vez la obra de teatro perfecta, organizada al mínimo detalle durante muchos años. No levantar sospechas. No alzar una mano para pegar a otro en público. Mantener la calma. Estar bajo control. Relajarse. Muchísimas reglas habían puesto para evitar que se les fuera de la mano una pelea por quién había dejado la noche anterior la televisión del salón encendida. Peleas tontas que hacían que llegaran a las manos con frecuencia. Unas peleas que no tenían nada que ver con lo que Andrey estaba a punto de presenciar y sentir en sus propias carnes. Estaba ciertamente desconcertado, puesto que lo menos que se imaginaba era que cuando los niños desaparecieran por la puerta que daba al jardín, Alex fuera a hablar. Solamente a hablar. El ruso ni siquiera podía hablar. Tenía la garganta seca. Por más que intentaba tragar, algo se lo impedía. Le costaba. Cerró las manos en un par de puños, no en actitud amenazante, sino de amenazado. Se sentía extraño. Era una paz que sólo quería decir que tenía que prepararse para la guerra que iba a estallar en breves momentos. Una donde no iban a valer esconderse para no hacer daño y no ser dañado. Una donde lo único que valía era ir de frente. No dejes que te achante. Vamos, tú puedes.

Las palabras que la rumana decía iban quedándose poco a poco dentro de la cabeza de Andrey. Tenía que digerir todo lo que estaba pasando. No solamente que se hubiera querido largar una vez más, dejándole solo, sino que además le estaba quitando la camisa. No entendía qué mosca le había picado para que en vez de estar ya zurrándole con todas sus fuerzas mientras, en rumano, se cagaba en su puta madre, estuviera quitándole la camiseta con la misma cara con la que le quitaba la ropa prácticamente todas las noches, eso sí, con una gran diferencia. No le miraba a los ojos. Andrey sí que lo hacía. Quería buscar en ellos una respuesta a sus preguntas, quería interrumpirla y preguntarle qué coño era todo aquello, pero algo le decía que no debía abrir la boca si no quería meter la pata aún más. Lo más justo sería que yo te pegara ahora a ti. Andrey no necesitó ninguna explicación al escucharlo. Ya no necesitaba que le dijera qué pretendía hacer. Se limitó a observarla en silencio. Nunca, en todos los años que llevaban viviendo juntos aquí y allá, la vio así. Nunca. Siempre que se enfadaba de sobremanera terminaba por exagerar la situación y se marchaba de casa durante un par de meses, para luego volver con el rabo entre las piernas. Seguramente ésta vez quiso no volver como una cobarde, como si tuviera miedo de lo que Andrey pudiera hacerle si la encontraba. Ésta vez parecía haber trazado un plan con el que haría sufrir al ruso por todas y cada una de las cosas que le había hecho a lo largo del tiempo, y que no se le olvidaban. Ni a él, ni a la rumana, quien se había hecho con su cinturón. Los ojos del ruso fueron a parar a las manos de la muchacha, preguntándose una última vez si de verdad iba a hacer lo que pensaba. Si de verdad iba a castigarle.

Un golpe. Un solo impacto que a pesar de estar ya más que anunciado Andrey no se esperó. A la altura del pecho, que ella acababa de dejar completamente desnudo, dejándose a sí misma una visión mejor del cuerpo del muchacho. Le ardía. La sorpresa del golpe hizo que retrocediera un par de pasos, pero se mantuvo quieto. De pie. Expectante. Intrigado. Cualquier persona en su lugar hubiera gritado, porque el golpe no fue demasiado suave, que digamos, sin embargo, ¿cómo iba a gritar Andrey? ¿Cómo iba a quejarse por el golpe que acababa de recibir cuando su cerebro convertía la mitad de ese dolor en placer? No se permitió el lujo de gritar, ni de torcer el gesto. Serio. Apretando la mandíbula para no tener que soltar un quejido que le delataría. Impasible. Andrey miraba al frente, clavando la vista en los irises de la muchacha que le había propinado un latigazo. No comprendía cómo podía estar teniendo tanto valor como para pegarle, y mucho menos se entendía a sí mismo. ¿Por qué no le hacía nada? ¿De verdad quería ser castigado así? El ruso negó para sus adentros. Era un castigo, y él era un hombre. Tenía que cumplirlo si no quería ver como la rumana hacía sus maletas y volvía a Londres llevándose consigo toda una vida que entre ambos habían construido. Una mala vida, sí, pero era suya. La quería. Iba a demostrarle a Alex que era mucho más fuerte que ese maricón con el que se había largado la vez anterior. Iba a demostrarle que no le importaba que tuviera su nombre tatuado en la piel, y no el del ruso. Iba a demostrarle que era suyo. De los pies a la cabeza. Hazlo, quiso decir, mas no soltó ni una palabra. Nada. Parecía hipnotizado por culpa de aquellos ojos que se cerraron de par en par, para no ver el daño que le había hecho a Andrey. Cobarde.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Mar Ene 24, 2012 10:07 am

La estampa vivida en la playa, esa misma mañana, se había ido junto a la marea; no quedaba ni rastro del repentino buen rollo que habían tenido y que parecía haberse quedado en el agua. Un buen rollo que Alex no había terminado de masticar y que, de vuelta a casa, había comprendido. Esa parejita de enamorados que se habían estado dando arrumacos en público, se había ido junto a la marea. Ya no estaban follando en medio del agua. Ya no estaban agarrándose, ni besándose para acallarse entre ellos y no levantar mayores sospechas delante de su público improvisado. Las caricias que el ruso le había regalado a Alex durante su tórrido encuentro en las aguas del Pacífico, habían sido borradas. La extraña delicadeza que sus manos habían mostrado con la chica, habían sido borradas de su mente. Ya no se acordaba qué había pasado hasta antes de que el primer y único golpe cayera de la nada, obligándola a salir del agua. Ya no se acordaba del piercing que les había jugado una mala pasada, de sus partes bajas, o del ardor que había sentido en las manos desde el momento que había salido del agua, evitando verter ni una sola lágrima. La rumana ya no se acordaba del espejo que había roto en el cuarto de baño, ni siquiera de lo que había ocurrido entre aquellas paredes con su gato. Alex no veía nada más que sus propias narices. Alex no escuchaba nada más que esa voz en su cabeza diciendo que hacía bien. Alex no hablaba por miedo a arrepentirse y echarse para atrás. Alex no sentía, no sentía nada que no fuera rabia, ganas de devolvérsela, de hacerle daño. El mismo daño que ella misma, queriendo o tal vez sin querer, se había hecho en la planta superior de la casa donde vivía junto al ruso y esa extraña familia que, entre los dos, habían formado.

Castigarle. Eso era lo que la rumana quería hacer. Lo que había empezado hacer desde que los niños habían salido para ofrecerles un rato a solas y sus manos habían dado, finalmente, con la solución al toparse con el cinturón. Alex quería castigarle, no sólo por el golpe que le había propinado en la playa, sino por todos los que, en algún momento, habían llovido sin venir a cuento. Por cada labio roto, por cada pómulo teñido. Por todas y cada una de las veces en las que el nombre de la madre de la rumana había salido de entre los labios del ruso de forma despectiva, buscándole las cosquillas, tocándole los cojones. Por todas las veces en las que la había destrozado durante los entrenamientos, ignorando las palabras con las que la chica le pedía un descanso. Por todas las veces que la había hecho sentirse como una auténtica mierda. ― Perdóname por esto. ― Se disculpó, entre susurros, en su rumano natal. Se disculpó aunque no con el ruso por haber recibido el primer correazo con el que pretendía desquitarse; no quería su perdón, no buscaba su perdón, no necesitaba su perdón. Ya habrá tiempo de arrepentirse, se dijo aunque, en esos momentos, Alex buscara el perdón de ese ente superior en el que creía junto a millones de fieles, y al que su padre le había dedicado toda su vida; ese ente al que, en silencio, la rumana rezaba por las noches junto a sus hijos. La mandíbula de la morena se contrajo antes de que ésta abriera los ojos para enfrentarse a la realidad. Para enfrentarse al ruso. De frente. Sin titubeos. Sin acobardarse más. Se acabó. Alex torció el gesto antes de volver a alzar la mano con la que sujetaba el cinturón para hacerlo impactar contra la piel desnuda del ruso. Castigándole por todas las veces en las que la había llamado zorra. Por haber sido ella la castigada las veces en las que las que había vuelto con el rabo entre las piernas después de haberse largado con intenciones de no volver junto a él. Por ese intento fallido de suicidio que Alex tuvo que presenciar y que recordaba cada vez que sus medias lunas buscaban el cuello del chico. Uno, dos, tres, cuatro. Uno por cada razón que la muchacha encontrara. Uno por cada motivo que él mismo le hubiese dado para hacerlo.

Rencor acumulado y un odio latente. La rumana se había negado a llevar la cuenta de la cantidad de veces en las que había escuchado la hebilla estamparse contra la piel del ruso. No miraba. Alex había vuelto a girar la cara para evitar tener que mirar al chico que tenía delante de ella. No le había vuelto a mirar. No quería mirarle y ver en él a su padre reflejado y castigarle al ruso también por lo que había hecho Ion con ella y con su madre también. No quería mirarle y oir, dentro de su cabeza, como Valerica le pedía a gritos y entre sollozos que lo dejara, que soltara el cinturón y no volviera a hacerlo jamás. ¡Piensa en tus hijos, Ihrin!, le gritaba para hacerla reaccionar. Para hacerla entrar en razón y que viera lo que estaba haciendo, pero la rumana se resistía. No quería mirarle y ver en los ojos del ruso a Hailie mientras ella seguía desquitándose. No quería ver a Hailie, ni a Harlow, ni a Jèr; Alex sabía que desde que lo hiciera, flaquearía y bajaría el brazo. La fuerza y la entereza que había tenido hasta el momento, se esfumaría. La vista se le nublaría y la rabia le daría paso a la cortina de lágrimas que empezaban a empañar sus írises, haciendo que la imagen del salón se difuminara y su mano, automáticamente, cayera. Con las manos ya vacías y temblorosas, la rumana giró sobre sus talones, dándole la espalda al chico mientras sus uñas hurgaban, nuevamente, en las heridas de las palmas de sus manos. ― Te odio. ― Murmuró entre dientes, haciéndolos rechinar al finalizar. ― Te odio. ― Repitió.
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Mar Ene 24, 2012 10:44 am

Desde pequeño Andrey fue instruido para no ser instruido, aunque resultara irónico. Con cada gesto de sus padres, que ni querían mirar a los ojos de aquel pequeño crío que muchos decían que no era normal, Andrey se retraía un poco más. Desde pequeño había sido la oveja negra de la familia, era la persona a la que nadie podía soportar. La que era repudiada, a la que nadie quería. Rechazado y olvidado en una esquina, Andrey pasó toda su infancia intentando ser como el resto, socializándose, haciendo nuevos amigos y nuevos enemigos, pero todo ello se quedaba en un intento. No es un niño, es un salvaje, solían decirle a sus padres, quienes cada día estaban más hartos de aquella situación. De un colegio a otro colegio, pasó la mayor parte de su vida cambiando de aires constantemente en busca de un lugar donde sentirse bien, donde pudiera formar parte sin que nadie le echara de una patada en el culo. El ruso en aquellos momentos en los que veía como la muchacha decía algo en su idioma natal que no conseguía descifrar, por mucho que lo intentara, se hundía sin remedio. Podía parecer muy valiente, y de hecho lo era, pero no podía enfrentarse cara a cara con la verdad. Hubiera dado cualquier cosa por no haber cometido el error de martillear con el puño, una sola vez, la mejilla de la rumana. Hubiera dado cualquier cosa por no encontrarse encerrado en su propia casa, sin posibilidad de escapar, de huir. Realmente, hubiera dado cualquier cosa por no ser él quien tuviera que enfrentarse a todo el mal que durante años había hecho a su alrededor. Un virus. Uno que no se curaba fácilmente. La semilla del odio implantada en todas aquellas personas que lograban acercarse a él. Poco a poco se iban pudriendo y terminaban por morir.

Así lo había hecho su mejor amigo una noche de fiesta en Londres, y así lo habían hecho también sus padres, pero éstos en vida. Trabajaban por Andrey, vivían por Andrey y él no se dio cuenta hasta que el segundo golpe alcanzó su vientre, dejando tras de sí un rastro de sangre y dolor que atormentaba al ruso. Esa pelea no era contra un universitario, deportista, con ganas de ganar algo de pasta a costa de dejarle sin dientes, esa pelea era contra la mujer con la que compartía cama. No sabía que pensar. La cabeza le daba vueltas y sentía que el estómago se le revolvía por momentos. Se sentía sucio. No se creía digno de estar allí de pie, por lo que supuso que tendría que haberse quitado la vida cuando tuvo la oportunidad. Solamente así hubiera dejado que Alex siguiera viviendo. A esas alturas no sabía qué le dolía más, exactamente, si su entrepierna al quedarse sin piercing por culpa de un tirón que no tenía que haber dado, o el torso, que empezaba a emanar ese líquido de color rojo tan característico. Alex parecía fuera de sí, eso fue lo que vio Andrey en los ojos de la muchacha antes de tener que cerrarlos, no porque no quisiera seguir mirándola, seguir descubriendo qué había debajo de toda aquella capa de maquillaje que trataba de ocultar lo poco que dormía y lo mucho que le pegaban, sino porque otro golpe llegó de la nada. Se le cerraron automáticamente, sin que él lo pidiera. Seguía reacio a quejarse, pero veía que de seguir así la intensidad de ese castigo más que merecido, o bien gritaba con todas sus fuerzas para deshacerse de todo ese dolor que iba acumulando o bien se desmayaba ahí mismo.

¿Fueron diez golpes? ¿Trece? ¿O quizás fueron quince los correazos que sintió a lo largo y ancho de su torso? El ruso perdió la cuenta con el sexto. No tenía fuerzas ni para enfrentarse nuevamente a esa mujer, que literalmente, le estaba dando una paliza. Él se lo había buscado, sí. Por mal padre, por mal compañero, por mal amigo, por mal vecino, por mal hijo. Todo lo malo que se pudiera decir de una persona, se podía decir también para Andrey. Su lista de cosas negativas era un mundo si la comparabas con la lista de cosas buenas que tenía. No era ya capaz de pensar con claridad. Tenía la mente nublada, como si alguien hubiera pasado y le hubiese dado una descarga eléctrica. Le dolía todo. Le temblaba el cuerpo, fruto del dolor, sí, pero también del miedo que había llegado a sentir. Andrey estaba sorprendido, aunque en tremendas circunstancias. Por un momento pensó que su fin se acercaba, que de pronto Alex iba a sacar la misma navaja con la que él una vez intentó quitarse la vida y se la iba a arrancar ella misma. Pudo respirar con normalidad cuando la lluvia de golpes con el cinturón paró. La fuerza con la que le habían agredido ya no estaba por ninguna parte. Abrió los ojos, sólo para alcanzar a ver cómo la rumana, de espaldas, decía que le odiaba.-Pégame. Hazlo otra vez.-Le pidió en voz baja. No pensaba retarle con el comentario. No quería ni siquiera follársela. Quería ser castigado por lo que había hecho, y aún quedaban muchos golpes que dar. Avanzó, agachándose lo justo para recoger el cinturón del suelo y poder ofrecérselo a la chica una vez más.-Otra vez. ¡Pégame otra puta vez! Lo has estado esperando todo el tiempo. Hazlo.-El ruso ya no sabía lo que hacía, ni lo que decía. Le escocía el abdomen, que intentaba taparse con el antebrazo y aún así le pedía que le volviera a castigar.-Me duele, por si te sirve de algo.-Masculló, aún tratando de que la chica aceptara el único arma en aquella batalla.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Mar Ene 24, 2012 11:24 pm

Se dice que del amor al odio hay sólo un paso. Un sólo paso que muchos, sin darse cuenta, dan sin saber que más tarde que temprano se arrepentirán de haberlo hecho. Un paso al frente que cambiará sus vidas. Decididos. Valientes. Un paso que, antaño, la rumana saltó para tirarse en brazos del tio con el que tendría a Jèrome meses después. Enamorada, increíble pero cierto. Perdidamente enamorada desde que sus medias lunas se perdieron en los ojos achocolatados del inglés cuyo apellido tenía su hijo. Ver para creer, había dicho, en numerosas ocasiones, el hombre que consiguió hacerla enloquecer. Quien la ha visto y quien la ve. Se había lanzado al vacío sin miedo a las consecuencias que podrían venir después. Sin importar lo que pensaran los demás. Sin importar cuantos se quedaran por el camino mientras ella vivía un apasionado romance que cambiaría sus vidas. Dejar los estudios, marcharse de casa, servir copas en el primer tugurio que aceptara a una menor de edad o aguantar las miradas inquisitivas de todos aquellos que miraban, descaradamente, su barriguita de embarazada mientras avanzaba por las calles de la vieja Inglaterra. Ese capítulo de la vida de la rumana, había supuesto un principio y un fin. El fin de una niñez que no tenía y el principio del cambio que la convertiría en lo que es hoy día. Del amor al odio hay un paso pero, ¿cuántos pasos hay del odio al amor? ¿Del asco al afecto? ¿Los mismos? La rumana desconocía la respuesta, al menos cuando intentaba responderse pensando en Andrey. De existir realmente esa fina línea que separaba ambos sentimientos, Alex la tenía a más de un paso. A más de dos, a más de tres y a más de veinte también. Incapaz de derribar muros centenarios con los que se protegía habitualmente del mundo entero. Muros tras los cuales se refugiaba del chico y que le impedían pasar más allá; la rumana había borrado esa línea en cuanto su boca encajó de forma violenta con la del ruso por primera vez. Alex no había cruzado esa línea en los ocho años que hacía que conocía al ruso porque, con él, esa línea no existía.

― Cállate. ― Le pedía en un idioma desconocido para el ruso. ― Cállate. ― Murmuraba la rumana una y otra vez, intentando que la voz de Andrey desapareciera por arte de magia. No quería que resonara en su cabeza. No quería que resonara entre aquellas paredes. No quería que despertara el sentimiento de culpa que la chica sabía que no tardaría en llamar a su puerta, amargándola. Sin fuerzas. Abatida. Cansada. Posiblemente arrepentida. Alex agachó la cabeza, mordiéndose el labio inferior con más fuerza de la necesaria mientras contenía las ganas de llorar por lo que había hecho. La misma sangre que había hecho aparecer en el torso del ruso ahora circulaba por su boca. La misma sangre que manchaba sus manos por las heridas que se había hecho, pero también por las que el ruso luciría durante una temporada. ― ¡Que te calles te estoy diciendo! ― Gritó, histérica, girando sobre sus talones nuevamente. Ésta vez se giraba para mirarle y no huir de él; para enfrentarse al ruso, pero para enfrentarse a lo que ella había hecho también. A las consecuencias de sus actos. A las marcas que el torso desnudo del chico dejaban a la vista. Ésta vez se giraba para obligarle a callarse de un guantazo que no tardó en caer y que cumplió con su objetivo principal. Silencio. De nuevo, en esa casa de locos, se había vuelto a instalar ese incómodo silencio que a los habitantes del seiscientos crispaban los nervios. ― Te odio. ― Volvió a repetir cuando el cinturón, esa nueva arma que la había ayudado a librar una batalla, volvió a estar entre sus manos después de que el ruso se lo ofreciera de nuevo. Un nuevo te odio que salía desde las entrañas de la chica con la diferencia que, ésta vez, la rumana se atrevía a buscar su imagen reflejada en las orbes del ruso. Una calma que si bien aparentaba delante del muchacho, no sentía en su interior. Una tranquilidad que si bien aparentaba, no sentía por dentro. Un manojo de nervios. Con las manos temblorosas y sudorosas después de la última confesión del ruso. Me duele, había dicho. Dos palabras que, tal y como ella había previsto, la derrumbarían.

¿Cómo había llegado a eso? ¿Cuándo se había convertido la rumana en un monstruo? ¿Cómo se había atrevido a hacer lo mismo que, alguna vez, vio hacer a su padre para castigar a la dulce Valerica por quererle? ¿Cómo se había atrevido a hacerle lo que ella misma había sufrido en sus propias carnes cuando no llegaba ni a los diez años? Asco. Alex se tenía asco a si misma. Alex se tenía asco, pero le tenía asco al que era el padre de su hija también. Asco por que éste no la hubiese sujetado antes de que fuera demasiado tarde y se le escapara la mano la primera vez. Asco por no haber dicho nada cuando sus manos se buscaron el cinturón o después del primer correazo. Asco por haberse quedado inmóvil mirándola, esperando una serie de golpes que no deberían de haber llegado. Asco por que no le hubiese pegado para hacerla volver a la realidad. Asco por haberla obligado a llegar a esos extremos. Loca. Desquiciada. Fuera de sí. Había pegado por celos. Había pegado por rabia. Había pegado por desquitarse, por vengarse de todas y cada una de las humillaciones. Y lo había vuelto a hacer. Una vez. La útlima. Una vez más con los ojos cerrados. Una vez más a petición del chico. ― No hay día que no me arrepienta de haberte conocido. ― De haberse dejado arrastrar por esa oleada de deseo que la invadía cada vez que el ruso andaba cerca; hipnotizada por su olor, por su voz, por la forma en la que la miraba, desnudándola en público. De haberle pedido que viajara por el mundo con ella. De haberle dejado entrar en la vida de su hijo. ― Y ahora, por tu culpa, no habrá día en el que no piense en esto. ― Las palabras salían a cuenta gotas. Se atascaban. Se le atragantaban hasta que, con el antebrazo, se limpió las primeras lágrimas que osaban materializarse fruto de la rabia. ― ¡Tú te lo has buscado! ¡Desde hace años! ― Le culpó a gritos, dejando caer el cinturón para liberar sus manos. ― ¡Todo esto es culpa tuya! ― Y es que, para la rumana, el único culpable de todas sus desgracias -además de su padre- era el ruso. ― ¡¡Tuya!! ― Recalcó en rumano, golpeando el torso del chico con los puños cerrados en un par de ocasiones.
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Jue Ene 26, 2012 6:43 am

Muchas personas cometen errores a lo largo de su vida, unos más graves y otros incluso inocentes. Mientras que algunos matan a su ex compañera, con la que encima estaban casados y en trámites de divorcio, otros se equivocaban y ponían la fecha que no era en un examen, o en el trabajo tiraban por encima del ordenador el café que el becario de turno les había traído para que no se tuvieran que levantar y perder el tiempo contándose batallitas entre ellos en vez de trabajar. Muchas personas cometen errores, todos los días, a todas horas, cada minuto y cada segundo que pasa. En el mundo hay siete mil millones de personas respirando al mismo tiempo, equivocándose al mismo tiempo. Odiándose al mismo tiempo. Andrey aquel día en California se odiaba a sí mismo. En lo que se había convertido. Hacía mucho tiempo que había apartado, eliminado por completo de su diccionario particular la palabra arrepentimiento, seguida de otras muchas que no venían a cuento. La borró para poder hacer todo lo que hacía sin sentirse culpable después, sin tener ese remordimiento de no haber hecho lo correcto. Andrey no se sentía mal por sus acciones, y mucho menos perdonaba aún sabiendo que se había equivocado por completo. Un animal que no tenía racionalidad alguna. Un animal al que solamente se le podían atribuir la palabra sexo y pelea. Parecía que el muchacho de nacionalidad rusa no iba más allá de ese estereotipo de ruso frío y duro, pero todos, incluso Alex, se equivocaban. Debajo de toda esa capa de chatarra barata en la que se había convertido, había un hombre que sabía que se estaba equivocando y que por primera vez quería intentar remediarlo de alguna forma, aunque quizás eso de que le siguieran dando azotes por todos y cada uno de sus errores no fuera la mejor solución de todas.

Arrepentimiento. Sentía una vacío en su interior que no le gustaba en absoluto. Menos le gustó que le callaran con un guantazo que a esas alturas, le dejó sin aliento. No tenía fuerzas para volver a gritar, para alzar la voz y decirle que se callara ella de una puta vez, que terminara lo que había empezado. Si se creía muy valiente como para darle con su propio cinturón, ¿por qué no lo era para enfrentarse a lo que había hecho? Andrey entrenaba a la muchacha un par de veces por semana, no tenían días fijos. Unos días eran miércoles y viernes y otros días lunes y sábados, pero la cuestión era que el ruso le había enseñado a defenderse si algo pasaba. Le enseñaba sesión de entrenamiento tras sesión de entrenamiento a enfrentarse a los problemas, en este caso unos contrincantes a los que tenía que destrozarles la cara a puñetazo limpio. Uno, dos, tres golpes. Las manos de la chica se fortalecían a medida que el tiempo pasaba y Andrey sentía que sus pequeñas clases estaban sirviendo para que la rumana adquiriera aún más seguridad en sí misma de la que ya de por sí traía de casa. Ahora no solamente sabía que podía tumbar a un hombre gracias a sus curvas y esos preciosos ojos, sino que también sabía que podía tumbarlo de un puñetazo entre ceja y ceja que le dejara en el suelo inconsciente, casi como estaba Andrey. Con un pie en el mundo de los mortales y con el otro en el mundo de Morfeo, de los sueños y de la imaginación sin límites.-Yo no te odio a ti. Te tengo lástima...-Dijo en un murmullo, aunque él mismo pensó que había sido fruto de su mente, que no lo había dicho, y mucho menos que la muchacha lo había podido escuchar.

Lo que realmente quiso decir el muchacho con aquellas palabras era que sentía pena por ella, por haberle conocido, por haber follado una primera vez con él en los baños de la discoteca en la que trabajaba de camarera. Sentía pena también por haberla arrastrado lejos de Londres y lejos de aquella mujer cuyas facciones, Andrey, a pesar de solamente haberla visto una vez, no olvidaba. Valerica. La misma que hizo que su hija volviera en brazos del ruso después de una llamada telefónica que Andrey, abatido, había hecho con la esperanza de que por lo menos una mujer le entendiera en su vida. Para su asombro, Valerica no se mostró fría, incluso en momentos le pareció que esa rumana se puso por un momento en el lugar de su propia madre. Negó con la cabeza. No le gustaba recordar aquel episodio vergonzoso. Recordaba los llantos y las súplicas para que Alex volviera con él. Nunca llegó a saber si le dolió más el golpe que impactó una vez más, y la última, sobre su pecho, o las palabras que la chica masticaba con rabia antes de tirárselas a la cara para hacerle daño. Uno peor que todos y cada uno de los azotes que había recibido a modo de castigo ese día.-¡Ya sé que es culpa mía!-Gritó él de pronto. Seco. Serio. No se molestaba en intentar que la muchacha parase de darle golpes en el pecho, que le dolía de sobremanera. Jamás había gritado como en aquella ocasión y supuso que si algún vecino en esos momentos pasaba por delante de su casa, lo habría escuchado casi seguro. Estaba fuera de sí, pero para su propio asombro no tardó mucho en calmarse. En derrumbarse de nuevo al ver a esa mujer llorar como una cría, tal y como lo hizo él en el pasado.-¡Pero sin ti no soy una puta mierda! ¡He dejado todo por estar contigo y yo no me arrepiento! -Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar más. No podía. Se encogió de hombros antes de darse la vuelta, hecho un manojo de nervios, rumbo al piso superior donde se encerraría en el baño y seguramente no abriría la puerta hasta que no le fuera a dar un chungo por meterse todo lo que pretendía por la nariz.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Jue Ene 26, 2012 11:10 am

La rumana, de forma involuntaria, había decidido, desde un tierno inicio que, en el momento de su jucio final, se plantaría frente a las puertas del infierno y afrontaría con entereza su final; ella sabía que jamás flotaría entre nubes de algodón, ni saludaría a San Pedro antes de cruzar las puertas que la llevarían al paraíso junto a su madre y sus hijos. Alex tenía asumido que ardería entre las llamas del averno junto al señor oscuro al que parecía haber consagrado toda su vida y que, irónicamente, iba contra su religión; Alex ardería entre las llamas del averno junto a muchas de las personas que habían pasado, lamentablemente, por su vida a lo largo de los años. Incluyendo al ruso. Incluyendo a su padre. Alex ardería entre las llamas del averno y se encontraria con aquel al que había vendido su alma incluso antes de haber nacido y que le soplaba en el cogote continuamente, guiando sus pasos, midiendo sus palabras y protegiéndola a través de los ojos del gato. El mejor experimento de Caín. La gran obra maestra de Lucifer; la capilla Sixtina, la Sagrada Familia, las pirámides de Egipto del mal. La rumana había sido diseñada para el pecado, de pies a cabeza. La personificación de todos y cada uno de los pecados capitales, contagiando a todos aquellos inocentes que se atrevían a acercarse a ella. Alex representaba la lujuria. Alex representaba la gula, la avaricia. Alex representaba la pereza, la ira, la envidia y la soberbia también. Vicios por los que sería juzgada cuando se enfrentara a la verdad. Vicios por los que sería castigada, según la Iglesia.

De nada valían sus confesiones. De nada valían sus rezos por la noche, pues Alex rara vez se arrepentía de todo lo que decía o hacía; para ella todo se justificaba y, por ello, supuestamente se le perdonaba. Siempre tenía motivos para hacer lo que hacía, o al menos era lo que creía. Alex no perdonaba. Alex no olvidaba tampoco. Sus golpes siempre estaban justificados y eran más que merecidos, más que buscados. Todos salvo aquello aunque la rumana hubiese pensado, en un principio, que era la mejor de las opciones. Todo salvo lo que acababa de hacer. Todo salvo los correazos que, imitando a los romanos, le había propinado al padre de su hija a modo de penitencia. La rumana, por primera vez tratándose del hombre cuya sangre corría por las venas de su hija, empezaba a arrepentirse de sus actos, dejando el sabor amargo del arrepentimiento en su boca. No le gustaba. No le gustaba esa sensación que volaba sus fuerzas y la dejaba completamente indefensa, desnuda. Aquello sólo había pasado en una única ocasión anterior. Un tormento que había estado presente en la rumana durante los cinco años que duró su agonía y en los que su conciencia apenas la había permitido cerrar los ojos y evadirse de la realidad. El llanto de su hijo, recién nacido, había resonado sin descanso dentro de su cabeza hasta que volvió a tenerle entre sus brazos. La decena de cables que le habían rodeado al nacer y que impedían que su madre se acercara, la ahogaban, impidiéndole respirar con normalidad. Las heridas ensangretadas que el ruso lucía en su pecho, tendrían el mismo efecto. Se le aparecerían en sueños si es que Morfeo, misericordioso, se la llevaba para cederle un descanso. La atormentarían las futuras cicatrices cada vez que sus manos le acariciaran, haciéndole recordar el episodio vivido en esa casa de Bel-Air. Te tengo lástima. Tres palabras que, en vez de hacerla estallar, la habían congelado. Al igual que el golpe recibido en la playa, la rumana no había esperado escuchar aquello.

Por sorpresa. Todo le había venido encima por sorpresa. De remplón. De improvisto; el encuentro y el golpe de la playa, sus propias reacciones, las palabras del ruso y esa aparente calma que mostraba delante de la muchacha. La rumana no había tenido tiempo para mentalizarse, de prepararse para la guerra que se viviría allí ese día. Apenas pasaban las tres de la tarde, y la novia del diablo dudaba que las cosas se pudiesen torcer todavía más. Rara. Alex se sentía rara. Incapaz de preparar las armas con las que solía apuntar al ruso. Incapaz de respirar hondo y tranquilizarse. Incapaz de apartar los ojos del rastro rojizo que había dejado en el pecho del chico. El mismo chico que le gritaba, dándole la razón. Culpándose él mismo por lo ocurrido. La chica de nacionalidad rumana negó con la cabeza, sintiendo como la garganta se le resecaba. Quería hablar, mas no podía. Quería gritar, mas no podía. Débil. Ni una sola palabra salió de entre los labios de aquella muchacha que permanecía con la cabeza gacha, escuchando, con el corazón en un puño, las palabras que el ruso le dedicaba. Sin gritar, se sinceraba. Después de la paliza, se sinceraba. No gritaba como un energúmeno, no le cruzaba la cara de un guantazo que la rumana había estado esperando desde el principio. Había vuelto a sorprenderse. Descolocada, sorbió por la nariz, dejando caer los brazos en señal de derrota. ― Lo siento. ― Gimoteó avergonzada, girando sobre sus talones para ver como la silueta del ruso se dirigía hacia las escaleras. Le dolía. Le dolían las manos, la cabeza. Le dolía el pecho. Ardía. Alex sentía que sangraba como lo hacía él. ― ¡Lo siento, joder! ― Y realmente lo sentía. ― Andrey, perdóname. ― Por vez primera, Alex había adoptado la postura que, antaño, tenía su madre. Agotada. Arrodillada en el suelo, los muros que la rodeaban se habían venido abajo junto a ella, mostrándola una vez más como era. Como había sido alguna vez. ― Pégame. ¡Grítame! ¡Hazme lo que quieras pero perdóname, Andrey!Porfavor, añadió para sus adentros. ― ¡Mírame, joder!
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Vie Ene 27, 2012 4:08 am

Un día cualquiera, en un lugar cualquiera del mundo. Una casa cualquiera, con un color cualquiera, con unas mascotas cualquiera, con una familia cualquiera. Así podría empezar una telenovela o simplemente un libro escrito por algún artista de renombre que no pudiera aguantar mucho tiempo sin escribir un libro y mandarlo a mil editoriales para que se lo rifaran y finalmente, intentar venderlo entre la multitud. Así podría empezar una telenovela y un libro que no hablaran del ruso y de la rumana que vivían en esa mansión llena de lujos innecesarios y a los que a penas les dedicaban tiempo. Siete dormitorios, con más de diez baños que nunca se usaban y multitud de tecnología. Por doquier. Una mansión del siglo en el que vivimos que muchos querían y sin embargo, no tenían una respuesta clara por parte del ruso, quien no quería vender todavía la propiedad en la que residía junto a su familia, si es que se le podía llamar así. Había pensado en la posibilidad de vender también la tienda de tatuajes tan famosa que compró hacia ya un tiempo y volver a Londres con todos, pero no sabía qué hacer. Ya se mudaron con anterioridad, viajando así por todo el globo, sin detenerse demasiado tiempo en un lugar concreto, ya fuera porque se aburrían, o porque llamaban la atención de los que estaban a su alrededor. Sus prácticas, aunque fueran en la más absoluta intimidad, podían llevarles a ambos a un juicio que acabaría con alguno de los dos en la cárcel, y ahí Andrey, desde siempre, sabía que tenía todas las de perder. Ella era una mujer, así que por mucho que dijera que ella le pedía que le pegara siempre iba a salir ganando la rumana. Se sometía por ello. No quería ir a la cárcel y perderse cómo crecían sus críos.

El ruso sentía esa presión. Constantemente. Estaba entre la espada y la pared cada vez que la situación se le iba de las manos y acababa propinándole un golpe a la muchacha, tal y como había hecho en la playa, lo que le llevó a ese momento. Crucial. Él se sinceraba y la chica se derrumbaba a sus espaldas. La chica le pedía perdón mientras él se paraba en seco, asimilando lo que acababa de llegar a sus oídos. Pedía perdón a gritos. Pedía perdón por lo que le acababa de hacer. Andrey frunció el ceño, ya fuera por el escozor en el torso o porque obviamente, le extrañaba la actitud de la muchacha. Ella nunca se arrepentía. Nunca lo sentía. No tardó en girarse para llevarse otra sorpresa aún más grande que la anterior, no solamente le estaba pidiendo disculpas sino que además se había arrodillado, frente a él. Una chispa se encendió dentro de Andrey haciendo que su cuerpo no estuviera caliente por los golpes. De repente sintió que toda la sangre le bajaba al lugar menos indicado en aquellos momentos. Le ponía el hecho de verla así. Para su desgracia, le ponía que se sometiera, como él lo hacía por ella.-Ven, ven aquí.-Murmuró cuando estuvo a su lado, segundos antes de agarrar sus brazos para hacer que se levantara. El gesto fue duro, sí, pero no era el principio de una tanda de golpes que dejarían a la chica fuera de combate. Eso no sería una más de las peleas que Andrey libraba todos los fin de semanas para ganar pasta. Eso no sería una guerra como lo venía siendo. No podía pensar con claridad, lo único que quería hacer el ruso era besarla, y lo hizo. Encajó su boca con la de la rumana a la fuerza, haciéndole saber que estaba perdonada. No necesitaba ni una sola palabra para que la muchacha entendiera lo que quería decir. Se conocían demasiado bien a esas alturas.

-Ve a decirles que entren y que se queden jugando aquí, que no suban.-Comenzó a decir el ruso al mismo tiempo que cogía su camisa del suelo para poder tapar las heridas causadas por el cinturón. Sabía que Alex no quería verlas.-Te espero en el baño. Vas a curarme esta mierda y vamos a follar.-No lo estaba preguntando, estaba obligando a la rumana a hacer lo que le decía directamente. Era eso o no ser perdonada por el hombre con el que tenía que compartir cama noche tras noche desde hacía ya unos años. Al principio no dormían juntos, porque ni siquiera vivían en la misma casa, Andrey, cansado de tener que pagar un alquiler para la muchacha y para su hijo, decidió que lo mejor era vivir juntos. Montarse esa historia de una familia feliz para que nadie sospechara de ellos y tener completa libertad de pegarse, fuera y dentro de la enorme casa en la que podrías perderte con mucha facilidad.-¿A qué esperas? Venga.-Fue lo último que el ruso dijo antes de ponerse la camisa y salir de allí. No se molestó en recoger el cinturón del suelo. En cuanto lo tuviera entre sus manos lo quemaría, literalmente. No le apetecía pensar demasiado en lo que había pensado, sino que se concentraba en hacer desaparecer el dolor que le recorría por el torso sin parar. A penas tardó un par de minutos en meterse en el baño y poder enfrentarse así al castigo que le habían dado por gilipollas. Torció el gesto al mirarse en el espejo. Suponía que todas aquellas heridas acarrearían sus consecuencias, y no eran otras que unas cicatrices que en los casos de los correazos más duros, no se iría en mucho tiempo. Le daba vergüenza. ¿Cómo iba a explicar eso cuando le vieran por ahí? ¿Les diría que su novia le había pegado por él, a su vez, pegarle a ella? No se lo diré a nadie y más le vale a Alex no contarlo, tampoco.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Vie Ene 27, 2012 7:13 am

BEL-AIR

There's a fire inside of this heart about to explode into flames. | 15:03 pm.

Errores. A todas horas y desde que tiene uso de razón. ¿Cuántos errores cometía la rumana de forma diaria, sin darse cuenta de ello? ¿Cuántas veces metía la pata o abría una herida profunda en la que luego hurgaba para hacerla sangrar todavía más? ¿Cuántas veces debería de haber agachado la cabeza, avergonzada, arrepentida, y pedir disculpas? Con el ruso muchas. Según su madre, demasiadas. No piensas las cosas que haces, Alex, solía decirle Valerica durante los pocos minutos en los que conversaban por teléfono. Una opinión que la abuela de su hijo compartía con su madre. Irresponsable. Cabra loca. Grace se había dado cuenta antes de que lo hiciera Alex, incluso. La rumana no hacía nada bien, todo lo hacía al revés; anteponiendo sus necesidades por encima de las de todos, incluyendo también las de sus hijos. Decenas de malas decisiones que los habían llevado a todos por el camino de la amargura. Decenas de malas decisiones que marcarían la vida de todos los que formaban aquella peculiar familia que, aparentemente, era de revista. Una estampa idílica que todo el mundo miraba y envidaba sin saber que, realmente, por dentro era lo más parecido al infierno. Golpes y empujones cuando los tres pares de ojos -que preocupaban tanto al ruso como a Alex- no estaban cerca. Cuando se refugiaban bajo la cama o salían al jardín para dejarles solos y no tener que presenciar el poco cariño que sus progenitores se tenían. Infelices. En aquella casa de locos no había ni un solo ser, a excepción del gato, que fuese feliz entre aquellas paredes. Gritos que retumbaban de ocho de la mañana a diez de la noche, agotando la paciencia de todos. Gritos que acababan con la calma y cuya culpa no siempre recaía en hombros de Alex y Andrey tras un encontronazo que acabaría en cama, sino que en la más pequeña de la casa, el mejor ejemplo de cóctel molotov.

Una peligrosa mezcla de lo que era el ruso, y lo que era la rumana. Medio metro de mala leche que hacía estallar la cabeza de todo el mundo y te obligaba a contar hasta veinte tras respirar hondo un par de veces. Una niña aparentemente angelical capaz de agotar la paciencia de cualquiera, en cuestión de segundos, con sus pataletas y sus gritos. Una niña de apenas tres años capaz de agotar al más fuerte, capaz de sentir impotente al más valiente de todos. Incluso a Alex. Sobre todo a Alex, quien a veces deseaba meterla dentro del frigorífico para tener un par de minutos de paz. Una paz que la rumana, desde su nacimiento, no había vuelto a experimentar. Ni estando despierta, ni cuando dormía tampoco; un constante martilleo en la cabeza que le crispaba los nervios y la hacía saltar con menos, haciendo pagar al ruso por su falta de sueño. ―¿Qué? ― Murmuró, desconcertada, en cuanto la silueta del ruso hubo estado frente a ella y fueste éste mismo quien obligara a la rumana a ponerse en pie. No protestó, ni siquiera hizo el intento de apartarse de él para evitar un golpe que Alex sabía que no tardaría en llegar y la obligaría a agachar la cabeza una vez más. Como el perro que agacha las orejas cuando sabe que ha hecho algo mal y espera un poco de piedad. Como el perro que sabe que, después de haber mordisqueado sin piedad las zapatillas de su dueño durante su ausencia, acabaría por cobrar con el periódico. Desorientada, la rumana había estado esperando una serie de golpes que no parecían querer llegar. Primero un silencio al que ninguno estaba acostumbrado y que hacía que las rodillas de Alex temblaran como un flan. Primero ese incómodo silencio y luego un beso que había sorprendido a la morena y que hizo que la cabeza le diera vueltas. A pesar del mareo repentino, la chica captó a la primera el mensaje que la lengua del ruso quería transmitirle.

No había castigo, pero sí un extraño perdón acompañado de un polvo que la rumana no tenía intenciones de echarle. Un polvo que sucedería en cuanto Alex siguiera los pasos del ruso hacia las escaleras, reencontrándose con él en el planta superior. En el cuarto de baño. La morena asintió con la cabeza, dándole a entender que sí, que haría exactamente lo que le había pedido. ― Ahora subo. ― Un nuevo murmullo que rompía el silencio sin ganas. Un nuevo murmurllo que, a escondidas, con el que la rumana le agradecía que se hubiese puesto de nuevo la camisa y desapareciera de su vista. Paz. Alex necesitaba un par de minutos a solas. Alex necesitaba salir al jardín junto a los críos y que el aire le diera en la cara, aclarándole las ideas. Suspiró con pesar en cuanto sus pies cruzaron la puerta que daba al jardín, encontrándose a los tres muchachitos con la vista fija en la puerta, esperando a que alguno de los dos saliera con vida. ― No ha pasado nada. ― Musitó para tranquilizarles, agachándose frente al pelotón justo antes de que los tres pares de brazos la rodearan en un abrazo. Aquello era la gota que colmaría el vaso de Alex. El corazón se le partía. Se desquebrajaba. La rumana cerró los ojos con fuerza en el tiempo que contaba hasta algo más de tres. ― Vamos a estar arriba. Quedaos aquí abajo un rato más. Entrad al salón si queréis y os ponéis la tele. Nosotros no tardaremos en bajar, ¿vale? ― Y cuando todos quedaron convencidos y asintieron para ser ellos quienes tranquilizaran a la rumana, ésta hizo el camino de vuelta para dentro. No quería subir, pero sus pies sólo obedecían lo que el ruso le había pedido a la chica. Contra su voluntad, abrió la puerta del cuarto de baño que solía ocupar el ruso. Sin cristales de por medio. Con el espejo intacto. Alex suspiró, apoyándose contra el bastidor de la puerta. ― ¿Estás bien?¿Te duele?, quiso preguntar, mas no se atrevió a pronunciar nada más. En silencio, cruzó la puerta para adentrarse en el baño y sacar, de uno de los armarios, el botiquín con el que intentaría sanar las heridas del torso del ruso.
ANDREY NÓV.

avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Vie Ene 27, 2012 11:27 am

Todo lo malo tiene su fin, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. En un momento dado todo tendría que acabar, de mejor o de peor forma, pero tendría que acabarse. La guerra que había estallado en la playa a unos cuantos minutos de esa inmensa casa ahora solamente era un recuerdo malo que guardar con tantos otros que ya de por sí Andrey tenía almacenado en su memoria. Mil historias que a nadie le gustaría escuchar. Mil historias que pondrían los pelos de punta, que estremecerían a quienes las escucharan. Otras tantas que harían reír y otras que harían llorar de emoción o de tristeza. Andrey había vivido en veintiséis años lo que muchas personas en cuarenta. Pérdida de su infancia, unos padres que hicieron que se emancipara antes de lo estrictamente necesario, para no tener que verle nunca más, una paternidad que le vino grande en un principio, un amor que parecía no serlo tanto. El ruso había vivido en carne propia lo que era esa experiencia de estar cerca de la muerte, ya sea porque lo sufrió él mismo, o por su amigo, quien había fallecido hacía ya muchos años. Historias que no se le olvidarían, pero que no tenían nada que ver con la que acababan de escribir con sangre la peculiar pareja allá abajo, en la primera planta de la casa, ajenos a todos los vecinos que en sus casas se pasaban la vida contando su dinero. Esa historia era diferente al resto porque iba a cicatrizar, literalmente. Se tatuaría en la piel del joven ruso, quizás no de por vida, pero sí lo suficiente como para acordarse siempre de lo que pasó esa tarde en la que no tenía que haber permitido que le azotaran, que le castigaran, por mucho que quisiera.

Por suerte o tal vez por desgracia, ya no había vuelta atrás, lo hecho, hecho estaba y tenía que cargar con esas marcas en el torso tanto tiempo como fuera necesario. No tenía por qué verle un lado negativo siempre a las cosas, por una vez, y mientras se miraba al espejo para cerciorarse de que no necesitaba ir al hospital por la gravedad de las heridas, Andrey pensó en positivo. Lo único que quería decir aquel castigo y el posterior derrumbamiento de su peor enemiga, era que iban a sellar una paz momentánea, que seguramente no duraría para toda la vida, pero que le permitiría a Andrey hacer que la rumana se quedara en California y no se marchara por todo lo que estaba pasando. Ambos lo pasaban mal, ambos se peleaban a diario, se pegaban, se insultaban, se gritaban hasta casi quedarse afónicos para luego follar, pero ambos se necesitaban mutuamente. Alex sin Andrey, dejaba de ser Alex, y Andrey sin Alex más de lo mismo. El bien y el mal. El uno sin el otro no podían existir, pero chocaban constantemente, porque no eran polos opuestos. De hecho, el ruso pensó en más de una ocasión que aquella mujer de mirada felina era su versión femenina, si hubiera nacido mujer, muy probablemente sería como ella. Como Alex.-Y estaríamos en las mismas...-Murmuró para sí mismo al mismo tiempo que dejaba su espalda apoyada contra la fría pared. Le dolían las piernas. Le temblaban por culpa del dolor que estaba sintiendo. Pinchazos a la altura del vientre que combinados con esa erección que ni se molestaba en esconder, le retrataban como a un jodido monstruo: ¿qué clase de persona podía ponerse cachonda en una situación como esa?

La respuesta era muy, pero que muy sencilla. Solamente las personas como Andrey. Aquellas que estuvieran tocadas del ala, enfermas. Él lo sabía, lo había digerido desde hacía ya bastante tiempo y no trataba de ocultárselo a su compañera de cama. Sus prácticas sexuales así lo confirmaban. Para el muchacho, el mejor plan -en lo que al sexo se refería- era atar a la rumana a la cama y follársela sin contemplaciones, hasta que le doliera tanto la entrepierna que tuviera que pedirle a gritos que parara de una buena vez y se quitara de encima. Suspiró, girando la cabeza levemente para ver como una ya más tranquila Alex aparecía en escena.-Te diría que sí, pero no. Llámame marica. Me importa una mierda. Antes casi me desmayo subiendo las escaleras.-Se encogió ligeramente de hombros, como dándole a entender que el hecho de que se hubiera mareado subiendo un par de escalones careciera de importancia. La cabeza le daba vueltas tanto como el estómago, pero tenía que ignorarlo. Ahora lo que tenía que hacer era curar esas heridas que con cada minuto que pasaba, adquirían un poquito más de mala pinta.-Si fuese listo como mis padres ahora estaría curándome yo solo, pero salí gilipollas, ya sabes.-Comentó el ruso con un tono divertido, a pesar de la situación. Si bromeaba en tales circunstancias es que no estaba tan mal. Mejor era que siguiera con ese buen humor, porque de un momento a otro iba a cambiarle el gesto durante un par de días, o más. Era la hora del algodón empapado en alcohol. De unas manos frías que tocaran su torso ardiente como el infierno. Era la hora de apretar los dientes y hacerlos rechinar, con tal de no quedar como un subnormal delante de Alex. Siempre intentando hacer que se siente orgullosa de mí, para nada.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Alex I. Comăneci el Sáb Ene 28, 2012 4:27 am

Las cosas nunca son lo que parecen. Ni los buenos son tan buenos siempre, ni los malos son tan malos. Alex, detrás de esa muralla bañada y forrada en hielo, tenía la sangre caliente de una latina. Aunque la rumana permaneciera con el semblante serio y fuese incapaz de emocionarse delante de nadie que no fuese su gato, en silencio y para sus adentros, lo hacía. Lágrimas de sangre con las que pagaba por todo el mal que causaba; por cada pesadilla que los niños tuviesen al recrear las escenas que se vivían en aquella casa espectacular del barrio de Bel-Air. Una muralla inquebrantable que sólo dos personas, en aquella casa, eran capaces de atravesar y vivir para contarlo: sus dos hijos. Un bloque de hielo que se derretía. Los únicos que tenían la suerte o la desventaja de ver a una Alex que nada tenía que ver con aquella mujer que dormía junto al hombre que ejercía de padre. Aquellos por los que la conciencia de la rumana apenas la dejaba dormir en paz por las noches; Morfeo se había puesto en huelga, desde hacía años, a favor de todos esos críos que, impacientes, jugueteaban en la planta de abajo mientras esperaban que los dos adultos bajaran de una sola pieza. ― No sé qué fue lo que se me pasó por la cabeza. ― Quiso volver a disculparse, pero las palabras se atascaron en la base de la garganta mientras la morena observaba su propio reflejo en el espejo, evitando volver a mirarle a él. No quería volver a soltarlas y tener que recordar, una vez más, esa escena lamentable que había protagonizado en el salón. No quería que el ruso volviera a desabotornarse la camisa y sus ojos pardos se encontraran de nuevo con las consecuencias de su arrebato. ¿En qué se había convertido? ¿Cómo había llegado a ese punto? Preguntas que la rumana, en esos momentos, no sabía ni cómo empezar a contestar. Preguntas que iban más allá de su conocimiento.

La rumana se sentía derribada, tanto física como mentalmente. Cansada; Alex estaba deseando poder salir del baño para meterse en la cama después de un par de chutes que la ayudaran a conciliar el sueño durante toda la noche. Aunque no lo pareciera, cada correazo que le había propinado a su compañero de cama, le había dolido a ella. Casi tanto como a él. Tal vez más. Se la notaba cansada. Se la notaba agotada. Con las defensas bajas. Con las armas tiradas por el suelo, preparada para recibir un castigo que ella aceptaría sin rechistar. No opondría resistencia ninguna, así como tampoco había podido decirle que no al ruso cuando, a cambio de su perdón, le pedía un polvo en el baño. El de la reconciliación. La rumana suspiró, revolviendo entre los trastos del botiquín hasta encontrar lo que buscaba. Lo que necesitaba. ― No te voy a llamar marica. Es más, no te voy a llamar nada. ― El horno no estaba para bollos; cuanto menos leña se le echara al fuego para avivarlo, menor era la probabilidad de que la rumana acabase, nuevamente, en la sala de espera de urgencias, esperando para que el médico de guardia, le diera un par de puntos de sutura en un labio roto. No le apetecía quemarse a lo gonzo por hacer la gracia. ― Siéntate, anda. ― Le pidió, señalando la tapa del retrete con la cabeza antes de, con cuidado, guiarle con la mano hacia éste. ― Así, si te desmayas ahora, por lo menos estaremos seguros de que no te abrirás la cabeza contra el suelo. ― Con un poco de suerte Alex tendría tiempo de evitar que el chico cayera inconsciente y terminara con una brecha profunda en la cabeza que dejara todo el suelo del cuarto de baño encharcado en sangre. La rumana ya había tenido suficiente por ese día.

Sólo de imaginarse el estruendo de la sirena de la ambulancia, le erizaba la piel de la nuca. Sólo de imaginarse el encontrarse a si misma, para salir de la rutina, en la sala de espera del hospital, ofuscada esperando que alguien le dijera algo del ruso, le ponía la piel de gallina. Le temblaban las rodillas de nuevo. Un par de manos temblorosas que desabotonaban la camisa de cuadros del ruso del mismo modo que lo hicieron en el salón. Un par de manos temblorosas que, por primera vez, le iban a tocar con miedo. ― Cállate. ― Susurró antes de recuperar el algodón que empaparía con agua oxigenada. Aquello nunca se le había dado bien; sólo de ver ese color rojo le daban naúseas. Le mareaba el olor después de curar la primera decena de cabezas en sus tiempos de camarera; la rumana siempre había detestado que le encasquetaran el botiquín en los bares donde había trabajado para que fuese ella quien se encargara de hacer un apaño en las cabezas de todos aquellos clientes que, enzarzados en cualquier berenjenal dentro del local, hubiesen recibido un botellazo. Tú les calmarás, bájate el escote un poquito más y no protestarán aunque les cures con alcohol, le decían antes de que a Alex le diese tiempo a reaccionar y protestar. ― Los niños se quedaron tranquilos abajo. ― Quiso tranquilizarle y cambiar el rumbo de la conversación. La morena no sabía qué decir para no tener que volver a bajar la cabeza cuando le pidiese disculpas una vez más. ¿No lo he hecho ya lo suficiente? No. Ese martilleo en su pecho le decía que no. Ese temblor en sus manos, revelaba que no. ― No quiero dejarles solos mucho rato. No me fío de la pequeña. ― Una excusa creíble si se tenía en cuenta el historial de Harlow. Otro rapidito, porfavor. Cuanto menos duraran, menos tardaría la rumana en encerrarse en su dormitorio. Cuanto más rapido lo hicieran, antes podría cerrar la puerta, dejar caer la ropa al suelo y meterse entre las sábanas inmaculadas de la cama. ― Tus padres me odiarían si estuvieran aquí. ― Susurró, firmemente convencida de lo que decía. Encogió los hombros, frunciendo ligeramente el ceño antes de deslizar el trozo de algodón por las heridas que el muchacho lucía.
avatar
Alex I. Comăneci
Neutros
Neutros

Mensajes : 75
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Localización : Aquí, allá. ¿Qué coño te importa? ¿Desde cuándo tengo que dar explicaciones, eh?

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Andrey M. Nóvikov el Dom Ene 29, 2012 4:38 am

Todo estaba muy tranquilo en aquella casa de locos. Ya los gritos habían desaparecido. Todo lo malo se marchaba para dar paso a lo que en parte, era bueno. Los niños que habitaban allí ya no tendrían que esperar escondidos debajo de la cama a que alguno de sus padres apareciera para decirles que no pasaba nada, que ambos seguían vivos. A menudo Andrey soñaba con una pelea de tantas que acababa en tragedia. Un mal golpe que dejaba a la muchacha en el suelo. El ruso, desesperado, se agachaba a su lado y apoyaba la cabeza contra su pecho para sentir que su corazón seguía latiendo, pero no se escuchaba nada. Silencio. La rumana se sumía en un silencio sepulcral mientras que él la zarandeaba, le gritaba que se despertara de una vez y dejara de hacer la gilipollas, le prometía que no volverían a pelear y que volverían a Londres, que vería a su madre todos los días e incluso dejaría que Jèrome viviera durante una temporada con su padre biológico si así lo deseaba, mas la rumana permanecía quieta. Los ojos en blanco. Muerta. Andrey soñaba que avanzaba hacia la habitación donde solían esconderse en cada pelea asumiendo que acababa de robarle la vida a la persona que más le importaba. Lo que venía después era negro. Nunca pasaba del momento en el que abría la puerta para ver la cara de esos pequeños huérfanos. Solamente de pensar en el sueño se estremecía. Esa era la razón por la que muchas veces no podía conciliar el sueño. Insomnio.-No tienes por qué disculparte otra vez. Es decir, yo me lo busqué. Te pasaste un poco, pero el castigo es más que merecido.-Admitió el ruso al mismo tiempo que avanzaba con la ayuda de la chica hacia el señor roca, donde no tardó en sentarse para dejar que la muchacha le curara las heridas que ella misma le había hecho con un cinturón pendiente de ser quemado, achicharrado, carbonizado.

Se sentía extraño. Por primera vez en mucho tiempo volvía a pensar en que alguien le estaba mirando desde el más allá. Volvía a pensar en que su mejor amigo había vuelto para ver lo que le habían hecho. Frunció el ceño, obedeciendo a la chica que le decía que se callara. No estaba seguro de si el efecto de la cocaína aún seguía corriendo por todo su cuerpo como si estuviera en una maratón, haciendo que su corazón fuera a mil por hora, pero por primera vez en mucho tiempo, ahí estaba. El muchacho de cabellera rubia que murió tiempo atrás. Mirándole, justo detrás de Alex. El ruso ni se inmutó. No dijo nada. Se limitaba a mirar a su amigo con gesto de dolor por culpa de los correazos que quedaron plasmados en su torso y que le dejarían marca durante bastante tiempo. ¿Por qué siempre le veía en los momentos más chungos de su vida? Negó con la cabeza, pidiéndole para sus adentros que se marchara, que le dejara en paz. Quería que esa imagen dejara de perseguirle. Él no le había matado, y si de verdad el muchacho estaba hecho un fantasma, debería ir a por otro, no a por Andrey. Él solamente quiso que se lo pasara bien, que se divirtiera y ligara como todos, pero él se murió. Lárgate, joder. Paso de ti.-En cuanto se ponga a patalear, Hailie irá a por la película del marica ese y se le pasará la tontería.-Susurró el muchacho en tono divertido, aunque le repateaba de sobremanera que a su niña, a su pequeña y preciosa niña le gustara ese mamón que se contoneaba como una puta en una discoteca. Movía las caderas como esa artista latina que había hecho la canción para el mundial de fútbol. No era un hombre, no. Era una niña. No era de extrañar que la primera vez que Andrey escuchó una de sus canciones pensó que era una cría de la edad de su hija.

No le dio tiempo a quejarse por el comentario de Alex. No le dio tiempo a decirle que sus padres le odiarían a él, y no a ella. No le dio tiempo a nada porque enseguida el algodón empapado en aguanosequé hizo contacto con las heridas del muchacho, haciendo que éste diera un respingo. Era más un acto reflejo que otra cosa. Le ardía. Miró hacia abajo lo justo como para ver a una Alex haciendo de su madre. Por un momento volvió hacia atrás en el tiempo, hacia los años en los que se caía y se dejaba las rodillas hechas un desastre. Recordaba a su madre haciendo lo mismo que hacia la rumana. Exactamente lo mismo. Luego solía darle un beso en la frente y le decía que tuviera más cuidado la próxima vez. Andrey, ante todo pronóstico, sonrió con nostalgia. Aquellos días fueron los únicos en los que el ruso se sintió querido por su madre, antes de que, según decía ella, se quedara subnormal para toda la vida.-Lamento decirte que no sirves para ser enfermera. Mi padre no te odiaría pero sí que te daría un bastonazo. Desde que se quedó cojo por un accidente me daba palos hasta en el carnet de identidad.-El muchacho soltó una carcajada que resonó en aquel baño minúsculo con el que Andrey se hizo desde que llegaron a la casa. Tenían uno para cada uno, incluso para los niños, quienes estaban contentos de no tener que pillarse los unos a los otros meando a cualquier hora del día.-Te caería bien.-Musitó antes de morderse el labio inferior. Le hacía gracia recordar el bastón de su padre y la forma en la que andaba, sí, pero pesaba más el hecho de que le estuviera ardiendo el torso, sin remedio.-Ay. Ten más cuidado, joder.
avatar
Andrey M. Nóvikov
Neutros
Neutros

Mensajes : 47
Fecha de inscripción : 15/01/2012
Edad : 32

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: Do you really want me dead? Or alive to torture for my sins? | Alex

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.