¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

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Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Dom Ene 22, 2012 6:47 am







¿Have you forgotten all the things?


16:00 PM. ₪ Parque Griffith ₪ Día extremadamente soleado. Hace calor.




Have you forgotten all the things to learn all around the enemies. I'm sure the answer's not in the wind. Ni siquiera sabía si debía estar allí o no. Quizás debería haberse quedado en casa sin más, no moverse del sofá dónde mantenía el móvil férreamente cogido con ambas manos. Por que realmente aquella situación era de locos. Lo que había sucedido hacía dos días era algo que no pensaba rememorar. Prefería olvidarse, pero estaba claro que si se había citado con Krisz allí en el parque no era precisamente para hablar de las flores silvestres y de los árboles que se movían al son del viento que pasaba por allí en ligeras ráfagas. A un lado, al otro, a un lado, al otro. Y así sucesivamente. Más o menos seguía ese camino Shïva, pero por debajo. Se movía de un lado a otro al son del viento, que la arrastraba mientras caminaba por el parque hasta el sitio dónde tenían que encontrarse aquellos dos. Se iba mordiendo una uña por el camino, mientras la música le atronaba en los oídos. Don't you remember when the world the stops again or rather born. Don't you remember all the time. Y al ritmo de Wally López se acercaba hacia allí, sin darle más vueltas a nada en su cabeza. Prefería mantenerla fría y firme hasta que no le quedase otra opción que lanzarse de cabeza a la piscina, mientras tanto se dedicaría a rodearla sin atreverse siquiera a echar un vistazo dentro. Apretó el paso mientras se mordisqueaba la uña llegándose a arrancar largas tiras de piel de los dedos, que ya de por sí tenía algo manchados de pintura. Cómo siempre, ya. Era algo que no iba a cambiar nunca, o al menos eso esperaba.

Aparcó su culo en una de las raíces de un enorme árbol del parque, a la sombra del sol que todavía daba con fuerza en aquellas zonas dónde alcanzaba. La hierba no quemaba ni mucho menos, por que el sol tampoco picaba tanto, pero a esas horas las cosas estaban bastante calientes. En el sentido de que el sol llevaba muchas horas arriba y eran las peores horas. De todas formas, no había mejor momento para quedar, por que la mayoría de gente estaba en casa asimilando la comida todavía. Hizo lo que siempre cuando estuvo sentada en su lugar favorito. Se quitó los calcetines y las zapatillas y puso los pies descalzos sobre la hierba que cubría el suelo. Vio cómo una hormiguita curiosa se paseaba por sus dedos, cotilleando el color azul y amarillo de las uñas a ver si era comestible. No pudo evitar sonreír mientras se quitaba los cascos de los oídos y apagaba la música, observando alrededor. No iba demasiado abrigada aquel día, por que no hacía frío prácticamente. Era uno de aquellos días agradables en los que querías tumbarte en el césped y no pensar en nada. Pero a ella le daba por pensar y se le nublaba el cielo empezando a tronar. Se apoyó en el tronco del árbol mientras le daba vuelta al iPod en la mano, y los cascos se iban enredando cada dos por tres en sus dedos. Lo echó encima de la hierba junto con su móvil, los calcetines y las zapatillas y esperó. Esperó, y esperó. Había llegado muy pronto, casi un cuarto de hora antes de lo previsto. Cerró los ojos y bostezó ligeramente. Bueno... Si se echaba una pequeña siesta nadie iba a decirle nada tampoco, ¿no? Total, Krisz a veces llegaba tarde, así que no pasaba nada.

Se giró un poco de lado y se apoyó con una mano en el árbol para reposar la cabeza encima. Le iba para rato la cosa. Notaba la hormiga recorriéndole el pie arriba y abajo, buscando algo que no sabía bien lo que podía llegar a ser. A ver si le iba a morder un dedo o algo al final. Esperaba que no, por que luego le dolería durante un buen rato, eso seguro. Suspiró lentamente viendo pasar a las pocas personas que se paseaban por allí con mucha parsimonia, tanto que incluso hicieron que volviese a bostezar dos o tres veces más. Estaba entrando en trance, y más con aquel silencio que lo invadía todo de una forma tan tranquila. Al menos por un ratito quería dormir, que esas dos últimas noches las había pasado cómo el culo. No, cómo el culo no, lo siguiente. A lo mejor había dormido cuatro horas, pero no contemos más por que sería una mentira cómo un caserón. Estaba de los nervios, y por eso se había pasado todo el día mordiéndose las uñas, arrancándose pielecitas hasta hacerse heridas en los dedos que por suerte se disimulaban con la pintura roja. Ahora que por fin podía descansar en paz... ¡Mierda! Se había quedado dormida. Se levantó rápidamente, quedándose sentada. Se restregó los ojos con los nudillos y un enorme bostezo volvió a salir de su boca totalmente abierta sin cuidado alguno. Casi pudo imaginarse a la mosca metiéndose en su boca y zumbando, cómo un paseo por las cavernas del lobo. Se estiró, echando los brazos al aire y las piernas sobre la hierba, y después por fin se decidió a mirar a su alrededor, a un lado y a otro, buscando a Krisz. No sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo, pero le había parecido una eternidad. Se giró para mirar el móvil, pero no estaba.— Mi... ¡Mi móvil! Mi móvil. ¿Dónde está? ¡Ey!— se puso a tantear la hierba de mala manera, buscándolo.— Estupendo. ¡Jolín! ¿Se lo habrán llevado las hormigas quizás?— seguía con sus conjeturas imaginarias.




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Re: ¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Lun Ene 23, 2012 2:44 am



¿HAVE YOU FORGOTTEN ALL THE THINGS?

CUATRO DE LA TARDE

Las noches despiertan a las bestias. ¿Y quiénes son las bestias? Nosotros. Las personas. Somos sólo animales, esclavos de la dejadez, seguidores de los instintos sin pensar en la conciencia. La única cosa que nos diferencia de otros animales, es eso. La conciencia. Y muchos no saben utilizarla. Todos se guían por esos instintos que desde siempre, están ocultos. Cazadores en busca de sangre. ¿La humanidad es pacífica? Permíteme corregirte. Toda la historia humana se ha basado en la guerra, la muerte roza la yema de nuestros dedos. Los soldados disfrutan. ¿Es que no ves las noticias? Todas llenas de asesinos en serie que sólo son encarcelados. Psicópatas que viven entre mucha gente y nadie se percata de ello. Medios de comunicación que sólo muestran el lado oscuro de la sociedad porque es lo que gusta, lo que atrae. ¿A quién le va a importar que un perro sepa tocar el piano? ¿Y a quién le importa que haya nacido un bebé que posiblemente sea el presidente dentro de unos años? A nadie. La audiencia pide problemas. Pide cosas para pensar ‘’esto a mí no me ha pasado nunca’’ y sentirte seguro en casa, ajeno a todo. Sin pensar que, igual que hayan asesinado al tío de Pepito, podría haberte pasado a ti. Cuando más suceden estas cosas, es por la noche. Cuando todo duerme, cuando el crimen es perfecto. Sin embargo, hay bestias que sacan a aflorar su interior de forma inconsciente. Personas que están enfermas, que se han dado cuenta de la degradación que los rodea. Personas que son cuerdas y muy racionales, inteligentes; tanto, que podrían superar la media. Pero no todo el mundo que pasa la media es alguien que está sano como una rosa. Todos tienen algo. El futuro prometedor, todo lo que esperan de ellos, se arruinan por causas tan pequeñas que alguien normal no tomaría en cuenta. He aquí el caso del húngaro. ¿Quién iba a decir que un chico como él sería así? Todos lo ven como una persona magnífica, que no mataría a una mosca. Sano, radiante de alegría. El perfecto ejemplo de muchos; la gran envidia para los inútiles. ¿Nadie te ha dicho que todo esto es una mentira tan grande como una catedral? ¿Quién iba a creerse que una persona fuera perfecta? No lo era. Ni radiaba felicidad, ni era magnífico. Todo lo contrario. Lo que pasa es que hay una cosa que se llama disfraz. Calla después de que amanezca, y ahí aparenta lo que no eres.

Desde hacía una semana, la farmacia no quería ofrecerle las pastillas de litio. Tan insignificantes para algunos, pero tan importantes para él que podría estar su vida en juego. ¿Se equivocaba, a caso? No. Pasaron tres días. En esos tres días ni se había dignado en salir de casa. Se encerraba en su habitación, agazapado en una esquina mientras veía a las personas por la ventana. Un aspecto algo huraño, cuando en realidad estaba sufriendo un período depresivo. Autoestima baja, sentimientos de culpabilidad excesivos, desesperanza, fatiga, distracción. No comía, pensaba sobre la muerte. Filosofeaba sobre cosas que podrían resultar escalofriantes. Todas relacionadas con cosas tan extrañas que podrían saber a la primera que le ocurría algo. ¿Quién iba a saberlo, si estaba encerrado en su cuarto? Balbuceaba, decía incoherencias. ¿Y qué vino después? El período maníaco. El pesimismo pasó a ser un optimismo demasiado exaltado. Un delirio de grandeza exorbitado. ¡Yo soy mejor que todos! La hiperactividad aumentaba, ya no se quedaba quieto en un rincón. Ahora se movía frenéticamente de un lado a otro, como si las ideas se les plantaran en su cerebro, de forma tan llamativa que debía de ponerlas en práctica. Delirios; una búsqueda insaciable por los cajones hasta encontrar una bolsa con un polvo blanco. Unas ganas prometedoras por introducir ese polvo en el interior de su cuerpo. ¿Deseos placenteros? Una línea en la mesa, esnifar ese polvo de manera intensa. Sentir esas ganas de saltar por la ventana. Volver a las ganas de suicidio. Seguir con las drogas. Ji ji, ja ja. Dragones, vueltas, castillos, camas que hablan. Un portazo. ¡Oh, es Shïva! ¿Qué debería de hacer allí, en aquel castillo? A partir de ese momento todo fue demasiado deprisa, como si fuera a más de dos cientos kilómetros por hora. Su cerebro no quería ir lento, quería explotar. Sólo podía ver como ella movía los labios con rapidez, como su mano se dirigía a sus mejillas y como después de ello se iba cabreada. Como tan seguro de sí mismo intentaba seguirla, y ante un detenimiento, una cogida de brazos, simplemente el cerebro dejó de ir tan deprisa. Pupilas dilatadas, como si fueran a salir de sus órbitas. Pulso acelerado. Un contacto cálido, pero poco duradero. Después de eso no llegó a acordarse de nada más. ¿Qué había ocurrido, por qué se despertó en su cama de nuevo?

Pensó que había sido un sueño. ¿Y qué mierda había sido aquel contacto cálido? No supo de donde provino, ni de quién. Sólo se acuerda que intentó seguir a su mejor amiga para luego aparecer en su cama. Hasta que miró la hora. Las tres y pico de la tarde. Se levantó como pudo ante el sonido de un mensaje en el móvil. Supo quién era. Y supo que quería hablar. En sus mensajes notaba frialdad. ¿Habría hecho algo malo? Suspiró. Se duchó y vistió a su manera, como siempre. Había quedado con la rubia en el parque Griffith. Se esperó lo peor. No obstante, ¿qué culpa tenía él de que la farmacia no quiso darle las pastillas? ¿y qué culpa…? Oh. Claro. Nadie sabía sobre su trastorno de personalidad. Nadie se percataba de ello. Hasta ahora. Había sido descubierto en tan sólo unos instantes. Llegó puntual, porque en situaciones así lo mejor era no llegar tarde. El insomnio le había comido el sueño, las gafas de sol le cubrían los ojos cansados. ¿Sólo eso? No. Sus ojos se tornaban llorosos. No era por llorar, qué estupidez. Era por el sol. Uno de sus enemigos. Todos aquellos que poseían ojos claros sufrían más con el sol. Les imposibilitaba mirar hacia delante, pero a él le afectaba mucho más. El sol a las cuatro de la tarde, o el viento estremecedor. Se acercó hasta un árbol, donde alguien dormía. Supo quién era. Pero no la quiso despertar. ¿Para qué? Vio su móvil tirado en el suelo, repleto de hormigas. Se sentó a su lado, suspirando, mientras se dispuso a jugueterrear con él. Tenía un juego entretenido, que desde hacía semanas intentaba pasárselo y no lo conseguía. El caso es que el tiempo seguía moviéndose, y se impacientaba. Pero seguía sin querer despertarla. La hiperactividad le recorrió de nuevo las venas, las ganas de hacer algo estúpido le hacía sentir seca la garganta. Así que, sin dilaciones, se puso el móvil de ella en el bolsillo y subió al árbol, como si nada. Se quedó colgando ahí, intentando pasarse desde arriba el jueguecito. Pero nada. Gruñó, dirigiendo la vista hacia abajo. En ese momento la vio despertarse y desperezarse. Quiso reírse, pero no pudo. La culpabilidad volvió hacia sí. Notó su irritabilidad al no encontrar su móvil, así que bajó del árbol de un pequeño salto, quedando enfrente suya. —Me he pasado ese jueguecito. No quería despertarte— se sentía un niño pequeño a la espera de su riña, así que prefirió, de nuevo, sentarse. Desde ahí podía observarla en su totalidad. —No deberías morderte las uñas. Tienes los dedos llenos de sangre— dijo, como si nada. La gente muchas veces lo miraba con odio. ¿Cómo sabía aspectos de los demás, cosas que otros no saben como si nada? No, no los espiaba. Simplemente observaba. A Shïva con tal de fijarse en un vistazo rápido en sus uñas supo que se las había estado mordiendo. Supo también que a pesar de haber pintura roja, había sangre. Y supo que todo eso había sido por su culpa. Mierda. —Oye, en cuanto a lo de ayer... lo siento. No me acuerdo de mucho


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Re: ¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Lun Ene 23, 2012 7:15 am







¿Have you forgotten all the things?


16:00 PM. ₪ Parque Griffith ₪ Día extremadamente soleado. Hace calor.




No recordaba lo que había estado soñando en aquel corto plazo de tiempo que había pasado, debían ser apenas minutos los que había estado durmiendo. O eso le pareció a ella. Sólo recordaba ver manos, muchas manos por todas partes. Ni idea de lo que significaría eso, pero no quiso darle más vueltas al asunto. Le importaba más el hecho de que ahora Krisz se hubiese bajado del árbol que tenía justo detrás de ella, pegándole un susto de muerte que hizo que se llevase ambas manos al corazón. Se le pasó el sueño de golpe, eso desde luego. ¡Pero qué manía con aparecer por donde no debía! Cómo la gente que en vez de entrar por la puerta entraba por la ventana, demonios. Para algo habrían inventado la puerta, ¿no? Pues lo mismo. Le tomó unos segundos de recuperarse de aquello, ya que sus sentidos no estaban del todo despiertos todavía. Pero al verle cualquier cosa se esfumó, dejando paso a un cierto rencor oculto, pero también a la retracción. Seguramente él no recordaba lo que había sucedido hacía dos días en su casa, pero ella se acordaba perfectamente y eso había sido la causa que le había robado el sueño de forma traicionera y malintencionada. También la que había hecho que se mordiese las uñas de forma compulsiva, algo que no hacía casi nunca. Y estaba claro que se había dado cuenta de ello. Cogió el móvil y se le quedó observando durante unos largos instantes en los que no dijo absolutamente nada. Suspiró lentamente apoyándose en el tronco del árbol de nuevo.— Se curará. He tenido un bajón de inspiración... Estos días. Me pone nerviosa.— se le daba mal mentir, y lo sabía. Posiblemente se hubiese dado cuenta de su trola al momento, pero tampoco estaba por contarle todo de sopetón. Podía darle un síncope o algo así.

Así que era verdad. No se acordaba de casi nada. Y eso que había pasado un día de por medio para que recordarse, para recuperar la memoria. O no había surtido efecto o simplemente no quería recordar. Shïva en su lugar tampoco querría, seguramente. Se mordió el labio. Su disculpa era sincera, se le veía realmente cansado y eso hacía que a Shïva se le ablandara un poco el corazón. Un poco más, ya por decir. No estaba enfadada con él en aquel momento, ya era de por sí que los enfados no le duraban demasiado. Terminó por encogerse ligeramente de hombros y palmear el sitio libre que había a su lado para que se sentase ahí si quería. Dejó que la hierba le hiciese cosquillas en los pies mientras se acomodaba, se notaba que la cosa iba para largo así que sería mejor estar en situación. No es que no tuviese ganas de salir corriendo en aquel momento, pero podía contenerse durante un rato, al menos para aclarar lo que sucedió.— Mira... No te preocupes por eso, ¿vale? Pero antes que nada quiero saber qué pasa.— dijo, frunciendo ligeramente el ceño. Recordaba a la perfección cómo había encontrado el piso. Lleno de... De sustancias extrañas. Droga. Todo hecho un desastre, raro. No era el panorama que solía encontrarse cuando iba a su casa. Pero el que estaba más raro era él. No parecía el mismo en ninguno de los aspectos. Se le veía... Eufórico, eufórico pero cansado a la vez. Las drogas no creía que fuesen de nadie más que suyas. Sabía de una compañera de piso, pero no parecía estar en casa. Estaba solo, ido. Sin ser el mismo, con la mente nublada por quién sabía qué cosas. Y Shïva tan sólo quería saber el por qué de aquella forma suya de comportarse anoche. Por que había estado algo raro, pero no tanto últimamente.

Shïva se cruzó de brazos pensativa mientras se mordía el labio repetidas veces, observándole atentamente. Bueno, al fin y al cabo no sabía lo que hacía. No podía recriminarle nada. Alguna razón debía de haber, ¿verdad? pero antes quería saberla, antes de perdonarle del todo. Por que ella sí que estaba dolida. Le dijo cosas bastante fuertes que llegaron a hacerle daño de verdad, aunque supiese que en realidad no lo decía cómo el verdadero Krisz. Reprimió otro suspiro que iba a escaparse de entre sus labios de forma prematura, así que le terminó de hacer hueco a su lado.— Anda, ven aquí. Hablemos tranquilamente.— no, el enfado se le había pasado rápidamente, tan rápido cómo había llegado. Por que sabía que cabreada cómo estaba hacía unos instantes no iba a llegar a ningún lado, al revés, tan sólo lograría alterarle más y la conversación se volvería más agria y más pesada que si hablaban cómo de costumbre. Una pequeña sonrisa sincera empezó a asomarse a su rostro, pero por el momento tan sólo era una leve sombra de lo que podía aparecer después. Bueno, así las cosas seguro que fluían con más libertad, además de que todos tenían sus secretos, ¿no? Ella tenía los suyos propios, y bien enterrados que estaban la mayoría.— Bien, primero. No estoy enfadada contigo, ya no. Segundo, no me mientas, ¿vale? Así no arreglaremos nada. Yo tampoco lo haré contigo. Y tercero, lo que pasó, pasó. Así que sin culpabilidades, víctimas ni nada de eso.— y esta vez hablaba totalmente en serio. No quería montar un señor drama allí por algo que había sucedido ya. Tampoco les iba a servir para avanzar, así que era mejor dejar lo pasado en el pasado, aunque posiblemente le preguntase sobre ello tarde o temprano.

Bueno, iba a ser una tarde un poco larga, pero al menos esperaba que mereciese la pena haber ido hasta allí para arreglar las cosas. Era una persona realmente importante en la vida de Shïva, no estaba dispuesta a perderlo por una simple casualidad de una noche que no sabía por qué venía dada todavía. Así que mejor esperar a razones para dar el veredicto. En cierta forma ya lo había perdonado, el hecho de presentarse allí ya era un acto de voluntad por su parte. Qué menos que una oportunidad, ¿no?




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Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Mar Ene 24, 2012 5:58 am



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CUATRO DE LA TARDE

¿Sabes esa sensación de reproche y de arrepentimiento? Esa de cuando, en este caso, ves que una persona que has conocido y que forma de manera importante en tu vida, cambia. No para bien, ni tampoco por culpa de las influencias como muchos podrían pensar. Hace apenas unos días podía ver a una Shïva radiante, correteando de un lado a otro y pintándole la nariz con pintura acrílica porque decía que así nadie podría llamarlo payaso sin un argumento válido. Ahora, todo estaba tenso. Al menos para él. Se sentía incómodo antes las miradas que ella le proporcionaba, rencores ocultos que le erizaban la piel como nunca antes le había sucedido. Sentía un vacío en su estómago, uno enorme. Era como si el universo se hubiera plantado en él y hubiera creado un vórtice. Era como cuando tenías hambre y llevabas mucho tiempo sin comer. Un vuelco en el corazón, como si lo estuvieran enganchando en cadenas y lo estuvieran estirando para que pudiera exprimir todo su contenido, o para hacer más sufrible la estancia. No era agradable ver como una luz se apagaba, se quedaba ofuscada por la luz y no quería volver a encenderse. Como si lo alegre se hubiera esfumado en cuestión de segundos, o como si colocaras una flor en la ventana y al poco tiempo se hubiera marchitado. Se sentía un niño pequeño, un niño pequeño e indefenso esperando una regañina que sabía perfectamente que no iba a aparecer. Se supone que eran adultos, que podían solucionar sus problemas de manera madura. Podría tener un cerebro de adulto, una mentalidad mayor. Pero nunca, nunca, podría hacer madurar al corazón. Su función era la de bombear sangre, y muchas veces lo hacía de manera innecesaria. Esta vez, lo estaba haciendo. Lo había traicionado por completo. Esos latidos eran intensos, acelerados. Como un ataque de heroína o, en todo caso, de una adrenalina rebuscada, un frenesí. El verla despierta, mirándole, le provocó que la culpa se le extendiera hasta los huesos, le calara hondo. Se le clavara como una espada. ¿Quién ha dicho que él es un insensible? Le disgustaba, le molestaba muchísimo esta situación. Porque todo era culpa suya. Culpa suya y de sus secretos.

Si en un principio lo hubiera dicho, hubiera contado sobre su enfermedad, esto no habría ocurrido. Es decir, seguramente habría sido como una forma de calmarse. Irían a una farmacia y buscarían con rapidez aquel litio que había formado parte de su vida. Las drogas no formarían parte de aquella noche. Pero claro, siempre le habían dicho que mirar hacia el pasado y preguntarse un: ¿qué habría pasado sí…? No era para nada una solución buena. Lo hecho, hecho está. Sin embargo, él no era un psicópata que cuando mataba a gente no padecía ni sentía arrepentimiento. No era aquel tipo duro que había ido a la guerra y los sentimientos no podían caerle encima. No era el verdadero Sherlock Holmes, que veía todo esto como una química. Él mismo decía que nunca había que mezclar la mente con el corazón. Y en esto, había cometido un error. Un grandísimo error. Gruñó en su interior. Lo peor de todo, es que ahora tenía que contarle todo. Quería hacerlo, necesitaba hacerlo. Y esperaba, que ella no se limitara a mirarlo con lástima. Ni que tampoco se cabreara por no contárselo. Aún mucho más, claro. El tener una enfermedad es delicado, y mucho más delicado es de contar. No podía acercarse y decir: ¡Eh! ¿Sabes qué? Soy bipolar. Sí, tomo pastillas de litio. Oh, sí, es un componente químico, pero ¡no importa, porque soy bipolar!. Lo peor de todo no fue eso, si no que le mintiera. Una pequeña mentirijilla, pero que hizo que se sintiera más culpable aún. En sus ojos podía ver unas pequeñas bolsas asomarse, seguro que porque no podía dormir en estos días. Por su culpa. Sus uñas estaban destrozadas. Por su culpa. ¿Algo más? Ah, sí. Le ha mentido. Por su culpa, otra vez. ¿Podría ganarse el premio al culpable? ¡Por que se llevaría el de oro!

El problema no acababa ahí. También pasaba que no se acordaba de nada. ¿Cómo iba a hacerlo, sin sus pastillas de litio? ¿Cómo iba a hacerlo, si casi roza la sobredosis? Era como aquella vez que se emborrachó y al día siguiente no se acordaba de nada. Las consecuencias fueron mucho menores, pero la memoria le había fallado. Al parecer su cerebro sólo se dignaba a funcionar correctamente cuando le daba la gana. En cuanto ella palmeó el césped para que se sentara, ni lo dudó. Se dispuso a sentarse a su lado. Tomó aire. Ya era la hora para contárselo. Sus brazos se rozaban ligeramente, manteniendo contacto, sobretodo porque estaban con manga corta. Empezó a jugar con sus manos, buscando la manera adecuada de decírselo, esperando de su consciencia alguna decisión razonable. ¿Y si huía? No. Nunca lo haría. No cuando tenía mucho en juego por una estupidez suya. Y todo por tener droga en casa. ¿Por qué mierda tenía droga en casa? Ah, ya. De eso si se acordaba. Una noche salió con unos amigos, y uno de ellos le pidió que le guardara la coca. El caso es que se lo olvidó, y cuando fue a devolvérsela, el chico se encogió de hombros y le pidió que se la quedara. Sonaba muy atípico, pero era una verdad como una tabla. Así que Krisz lo único que hizo fue meterla en el cajón y dejarla ahí. No podía tomar drogas con la medicación. El médico sólo le dejaba fumar cigarrillos, y con eso era más que suficiente. Ni siquiera bebía. Era un chico sano, pero había sido traicionado por su queridísima enfermedad.

Lo bueno de todo fueron las respuestas que ella le proporcionó. Esa culpabilidad disminuyó, pero estaba latente. La incomodidad se había esfumado, pero la tensión se había quedado intacta. Un paso, sólo un paso en falso y podía llegar a joderla y pero bien. Al saber qué cosas podría haberle dicho, cosas que sobraban de más y cosas que hasta su corazón mantenía oculto, que ni él mismo se daba cuenta de nada. Le devolvió la sonrisa, pero su tamaño era más reducido. Dejó de jugar con sus propias manos y se dedicaba a acariciar el brazo de la chica, de forma lenta. Como si estuviera dibujando cosas, símbolos. No se atrevía a mirarla a los ojos, no por cobardía, si no por todo aquello que iba a contarle, de lo cual no esperaba una buena reacción. —Verás, Shïva… lo que viste ayer fue algo muy pequeño de las cosas que he llegado a hacer. Y sí, no me acuerdo de nada. Es como si mi cerebro dejase de funcionar. Pero ese no es el caso. Lo que pasa es que te he ocultado algo. Te lo he ocultado a ti, y a todo el mundo. Supongo que serías la primera en saberlo. No me drogo ni nada, fue algo… no sé, espontáneo. Seguro que te dije cosas malas y me gustaría que, a pesar de que duelan, las olvidaras. No era yo, o sí. No lo sé. Pero no pensaría nada de forma cierta— hablaba y jugueterreaba con su brazo, llevando las caricias hacia arriba y hacia abajo, con lentitud, una forma de entretenimiento, una forma de evitar levantar la vista. —Estoy enfermo. Y no es cáncer, ni esas cosas. Por dios, no, no voy a morirme, a no ser que lo haga por mis propios medios. Y créeme, cuando estoy sin mis pastillas pierdo la noción del tiempo y podría ser capaz. El caso es que… tengo un trastorno de personalidad. Bipolaridad. ¿Sabes lo que es? La farmacia no quiere darme mi medicación y cuando entraste en mi cuarto estaba sufriendo una especie de período maníaco. Quería que me entrara sobredosis, no sé por qué. Si no hubieras entrado… no sé que habría pasado. El caso es que me disculpo por todo, y espero que me perdones por si he hecho algo malo. No espero que lo comprendas en su totalidad, pero al menos… me entiendas— calló, esperando su reacción, una respuesta, algo. Lo había dicho, por fin. Se había quitado un peso de encima. Pero de nuevo, una punzada atravesó su pecho. No sabía cómo iba a actuar, y esperaba que no de forma mala. Esperaba.


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Re: ¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Mar Ene 24, 2012 8:32 am







¿Have you forgotten all the things?





Había oído hablar de aquella enfermedad en repetidas ocasiones. Había presenciado escenas dónde personas bipolares llegaban a cambiar de comportamiento de forma tan drástica que hasta parecía irreal, aquellas personas con los ojos desorbitados por el odio, el pánico y la ira. Pero desde luego si tenía algo por seguro era que nunca hubiese pensado que Krisz pudiese llegar a tener algo semejante. Le dolió, le dolió que no se lo hubiese contado desde un principio, pero en el fondo una vocecita le decía que podía comprenderlo. A ella también le daba miedo de contar las cosas a los demás, por ejemplo, le dio miedo decirle a Dallas que se iba a marchar hasta que en el momento en el que no pudo esperar más, se lo lanzó tal cual. Se cabreó, evidentemente. Pero el miedo a decirlo le impedía hacerlo realmente, por si se enfadaba, por eso mismo. Quizás Kirsz estaba en la misma situación, pero lo suyo era más grave. Una enfermedad no era algo que se tuviese ganas de compartir con nadie, y eso era totalmente comprensible. Por suerte, Shïva siempre había sido muy abierta a esas cosas, así que lo recibió con cierta cara de sorpresa, eso más que nada. No sabía muy bien qué decir, además de que se estaba quedando algo atontada con el ir y venir de sus cosquillitas en el brazo. Quizás no se había dado cuenta de que cada vez que le hacían eso se le ponía la piel de gallina y se le iba la cabeza más allá de las nubes. En ese momento, sin embargo, la conservaba en su sitio todavía.— Así que fue por eso.— se quedó pensativa mientras se pellizcaba el labio con los dedos de forma distraída y se arrancaba tiras enteras de piel.— Bueno, me alegro de que me lo hayas contado, ¿sabes?— sonrió abiertamente, ahora sí.— Quiero decir, así puedo intentar ayudarte al menos. Si te encuentras mal, si necesitas que alguien que esté contigo, o así, pues me avises.

Le estaba diciendo aquello, pero sabía que no se sentía del todo bien. Aunque alguna cosa que dijo no le hizo ninguna gracia, así que terminó por cogerle súbitamente la cara con las dos manos cómo solía hacerle cuando quería aplastarle los mofletes cómo hacían las viejas, y se puso a su altura para poder mirarle a la cara, aunque le costó un poco teniendo que retorcerse hasta quedar semi tumbada mirando hacia arriba. El chico se resistía a levantar la mirada, y ella quería lo contrario. Le tiró ligeramente de la mejilla sin hacer fuerza, simplemente era para quitar un poco la tensión que flotaba en el ambiente. Terminó apoyando la cabeza en sus piernas para no llenarse el pelo de hormigas y mirando hacia arriba.— Quiero que me avises si te sientes mal, ¿vale? Yo te conseguiré la medicación si no te la quieren dar. Y sino iré a punta de pistola.— bromeaba, en parte. Aunque quizás sí que fuese capaz de amenazar a un farmacéutico con meterle un pincel por el ojo si no le daba lo que le estaba pidiendo. Las buenas formas podían quedarse apartadas por un rato si hacía falta. Estaba dándole vueltas a sus planes maléficos en su cabeza, y se contuvo para no soltar una risa de villano total. Después se mordió el labio que ya tenía en carne viva de tanto tirar una y otra vez, y levantó un brazo para mostrarle aquellas pequeñas marcas que siempre quedarían en su piel cómo pinchazos de un pasado ciertamente turbio.— Todos tenemos nuestras pequeñas cosas a esconder.— dejó caer el brazo cómo si nada y se encogió ligeramente de hombros, mientras le pellizcaba la nariz.— Sólo... Bueno, a partir de ahora me gustaría que me cuentes lo que quieras, ¿vale? Incluso si es una chorrada cómo que has dormido con la oreja izquierda o con la derecha pegada a la almohada, o si... Yo qué se, si has soñado con un travesti. A mí me gusta. Saberlo, digo, no el travesti.— dijo, por aclarar más que otra cosa. Que no se fuese a pensar otras cosas extrañas.

Estaba ciertamente algo pensativa, pero se notaba que esa positividad característica había vuelto a ella al saber que en realidad no le había dicho todas aquellas cosas sólo para hacerla daño y para hacer que se sintiese mal. No actuaba cómo él mismo. La bipolaridad era algo muy complicado de tratar, y más si no le querían dar su maldita medicación. ¿Qué se habían creído, los muy...? Bueno. Las ideas le venían a la cabeza, por la mayoría de ellas la meterían en una celda durante un tiempo, así que quizás debía optar por un método un tanto más pacífico, y todas esas cosas. Para no alterar al mundo con sus desvariaciones. A veces a la rubia se le podía ir mucho la pinza con las cosas, y a veces no siempre para bien. La vida no era de rosas y flores, para ella tampoco. Tenía sus momentos, los había tenido hacía tiempo, esa época de depresión en la que... Bueno, en la que le dio por meterse cosas que no debía meterse en vena. Por suerte tuvo la fuerza de voluntad suficiente cómo para renunciar a ello, para dejar todo ese mundo atrás y a esos colegas que tanto parecían quererla pero sólo hacían que quitarle el dinero para comprarse más heroina con la que pasar el día a día.— Bueno, si no eras tú supongo que me quedo más tranquila de saberlo por lo que hiciste.— se empezó a morder una uña de forma distraída. Una de las pocas que le quedaban en buen estado, básicamente. Era una manía que nadie iba a conseguir quitarle de encima, y más cuando hablaba de temas serios o importantes con otras personas.— Siento haberme enfadado de esa forma, no pretendía ser tan fría ni tan borde contigo. No lo sabía, y... Bueno... Supongo que no tengo excusa. Incluso aunque no estuvieses en un... ¿Período maníaco, se dice así? Debería haberme parado a escuchar. ¿Te duele la mejilla todavía?— aunque escuchar le había dolido más de lo que hubiese imaginado. Podía tratar de olvidar de todo eso que la estaba comiendo por dentro, pretendiendo saber si realmente eran ciertas sus palabras de aquel día o no.




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Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Miér Ene 25, 2012 8:29 am



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CUATRO DE LA TARDE

''Pero papá, yo no quiero ser especial''. Eso fue lo único que le dijo a su padre cuando era tan sólo un niño. Aquel día como cualquier otro estaba en clase, en Hungría, cuando sin motivo alguno se peleó con un niño para después reírse tan campante. Sufría problemas de comportamiento. Se había convertido en alguien problemático sin quererlo, porque el pequeño era un trozo de pan. Su padre lo quiso llevar al psicólogo, y tan unas sesiones y algún que otro reconocimiento médico, le diagnosticaron un trastorno de personalidad. A simple vista, parecía algo poco grave. Para muchos, incluso decían que no era una enfermedad, que era algo pasajero o quién sabe que más. Tienes que sufrirla para darte cuenta de lo que es, de la gravedad, del cambio que puede suponer tu vida en un segundo. A lo mejor tu cuerpo no está creando algo cancerígeno en su interior, ni tampoco existe ningún tumor creciendo por ningún lado. Su vida no está limitada, pero sí sus posibilidades. Es una discapacidad psicológica. El hecho de no controlarla podría suponer lo peor que a un hombre podría ocurrírsele. Porque si un hombre estaba bien con su vida, era feliz y esas cosas… ¿cómo sería capaz de suicidarse? El suicidio era una decisión claramente fuerte, o como decía Krisz, muy heavy. El acabar con una vida ya es de por sí algo… malo. Siniestro. Privarle a alguien la vida es algo que encaja dentro del animal interior que llevamos dentro. ¿Pero privarte de tu propia vida? De tu libertad, de tus derechos, de tu sentir y vivir. El tan sólo pensarlo indica claros rasgos de egoísmo. ¿Y las personas que se preocupan? ¿Dónde queda todo aquello que deja atrás por una etapa en su vida poco agradable? Todos tenemos momentos malos. Y los suicidas son los cobardes, los gallinas en un tablón de ajedrez. Como un peón, inservible. Son la escoria de la sociedad, porque no saben aceptar sus propios errores. No saben afrontarlos. Sin embargo, y claro está, los bipolares en sus períodos sin medicación pueden tener en ocasiones la idea del suicidio en la cabeza. El pensar que podrían fin a ese sufrimiento, un sufrimiento psicológico repleto de emociones cambiantes y otros efectos secundarios. Pero claro, todo esto lo hacen de manera involuntaria, y ya no se le consideran tan egoístas. ¿Qué culpa tienen ellos? Por eso es tan importante la medicación. El hecho de tener unas pastillas que regulen tu comportamiento, que eviten las caídas y que por supuesto contienen los períodos que podrían inducir al individuo a una locura inconsciente. ¿Cómo la farmacia podría privatizarle tales medicinas? A lo mejor se les había acabado el litio, o a lo mejor, simplemente se pensaban que sólo era un drogadicto más. O yo que sé, a lo mejor pensaban que iba a utilizar las pastillas como pilas del mando. Causas desagradables que degradaban a los farmacéuticos más aún .Frunció los labios, del disgusto, tan sólo de pensar en aquello.

Pasó de acariciar su brazo hasta dedicarse a cogerle la mano en un apretón. Aparte de hacerlo por hacer, como muchas veces, simplemente siempre le había reñido a la hora de que se pellizcara el labio. Esas anteriores veces le decía que no estaba bien, que se iba a dejar los labios a piel viva y luego iba por ahí quejándose y pintándose con cacao de menta que sus fosas nasales odiaban. Aún acordaba aquel cacao con olor a vicks vaporub. Se le formó una sonrisa, sabiendo que no se había enfadado y eso le confortaba más que nada. Sólo obtuvo una pequeña sorpresa y una sonrisa apacible. Eso era algo que le podía agradecer. Como ya había mencionado, era a la primera persona que se lo decía, por lo que sintió pavor al principio por unas reacciones. Cuando se enteró su madre de esto se enfadó mucho con él, a lo mejor porque estaba dolida, porque él no tenía la culpa de su enfermedad. Sólo había esperado que no ocurriera lo mismo, y cabe decir que tenía un mejor resultado de lo que se esperaba. —No es una enfermedad a la que suelo decir; eh, me encuentro fatal. Pero si me entra un ataque, intentaré alcanzar el teléfono y te llamaré. Aunque tampoco espero que vengas, ya sabes, por lo de hace unos días— contestó, ya con la tranquilidad en sus ojos. Notó como la chica soltó su mano y puso las suyas entre las mejillas, llegando después a recostarse sobre él para que pudiera llegar a mirarlo. Un pellizco en la mejilla hizo que apartara de forma juguetona las manos de sus mejillas, siempre había odiado que se las pellizcaran como quién se lo hacía fuera una abuela. Terminó por quitarse las gafas de sol, ya inservibles ante la sombra del gran árbol que la provocaba justo encima de sus cabezas y clavó sus ojos azules en ella, finalmente. —Hablaré con mi padrastro para que me las den, no te preocupes. Iré después a las oficinas— contestó, captando su broma. Tenía pensado desde un principio ir a las empresas de su madre y su padrastro para contar su situación. A pesar de no llevarse bien con éste último, era mejor avisarle porque la salud estaba en juego. Recurrir a alguien a quien odias es siempre la peor y última opción. Pero si no llegas a más, ¿qué te queda?

Después de que Shïva levantara el brazo para mostrar unas marcas y pellizcarle la nariz, volvió a coger su mano, siguiéndole una mirada de reproche. Ya volvía a esa manía que tanto le fastidiaba, y que muchas veces ella lo hacía para joderle. No obstante, era de suponer que esta vez era por una situación seria. Una charla pendiente sobre un suceso. Asintió con pesadez, haciendo que de nuevo aflorara una pequeña sonrisa ante la broma del travesti. Ya volvía a pensar cosas malas. Seguramente, si en estos instantes hubiera dicho lo que pensaba habría recibido una buena colleja. Pero, a pesar de que la tranquilidad ya podía verse a través de sus poros, aún mantenía un pequeño vórtice en su interior. Esa duda carcomida que le hacía preguntas. ¿Qué, cómo, por qué había hecho algo? Si es que era así. ¿Y si había dicho cosas… innecesarias? Si se ha ido de la lengua. O si ha hecho algo malo, o si la ha sometido u obligado a alguna cosa. Dudas, cuestiones y un deseo irrefrenable a querer volver al pasado para cambiar todo eso. —¿Qué hice, Shïva? Y esta vez no me mientas. Quiero saberlo, para saber si tengo que volver a disculparme o a pegarme un cabezazo contra el árbol— arrugó la nariz, ante esa cuestión. Quería derrumbarse ahí mismo, cavar un agujero y enterrarse. ¿Y si había hecho algo vergonzoso delante de ella? Dios, ¿y si…? Las mejillas se le encendieron un poco, notando un ligero granate. Quiso deshacerse de esas ideas, no estaba para ponerse rojo ahora. Ladeó un poco la cabeza, para evitar que lo mirara de tal forma, hasta que escuchó sus disculpas. —No tienes por qué disculparte, si yo hubiera estado en tu lugar, seguramente habría hecho lo mismo— no quería una disculpa, era el húngaro quien tenía que dársela por no haberle dicho nada o por lo que vio. —¿Mejilla, qué?— preguntó. ¿Qué si le dolía la mejilla? —Bueno, al levantarme me dolía un poco, pero pensé que era por dormir en una mala postura o algo— dijo, pensando en la mañana siguiente. Definitivamente, cuando se miró al espejo tenía la mejilla algo enrojecida y sentía un pequeño dolor, pero había supuesto que había sido, por la mala postura. Ahora sabía y supuso que había recibido una hostia de Shïva. O quién sabe cuántas más. Temió aún más por sus hechos. —Por dios, ¿qué hice? Dime


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Re: ¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Jue Ene 26, 2012 7:49 am







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— Volvería.— dijo, frunciendo ligeramente el ceño. No estaba enfadada, ni molesta. Lo dijo con toda la tranquilidad y la calma del mundo. Sí, que lo haría. Si la llamaba por que se encontraba mal saldría volando hacia su casa, le daba exactamente igual lo que hubiese hecho o dejado de hacer, lo que le hubiese dicho, incluso si le hubiese lanzado un plato a la cabeza. Por que realmente, no sabía qué era lo que le sucedía en aquel momento. Ahora que lo comprendía por que se lo había explicado, todo le resultaba más sencillo de ver. Y claro que volvería, no iba a quedarse sentada de brazos cruzados mientras pensaba que Krisz podía estar sufriendo una sobredosis. Antes iba a su casa y lo arrastraba de los pelos hasta un hospital si era necesario. Un poco bestia, vale, pero sí. La idea iba por ahí, vamos. Por mucho que le hubiese dicho cosas que no fueran nada bonitas, y que sonaran tremendamente mal a los oídos así en frío, pero ella tampoco se había quedado corta al soltar su repertorio, que no era precisamente poco que se pudiese decir. No. Además, sólo quería hacerle ver claramente que podía confiar en ella para aquellas cosas, y para lo que fuese.— Claro que vendría si me llamases.— alzó ligeramente ambas cejas, más hacia la incredulidad que hacia otra cosa. Si había algo que la molestaba en aquel momento era que no creyese en ella para aquello. Bueno, aunque en parte podía esperarse que se pusiese a gritar cómo una posesa por todo lo que le hizo y todas esas cosas. Pero ni tenía ganas, ni quería, a decir verdad. Gritar no había sido su modus operandi nunca, más bien por que no conseguía sacar bien las palabras, se liaba, parecía tartamuda y encima luego se reían de ella. Así que eso mejor dejarlo de lado. Con gritos no se arregla nada, y así funciona el mundo, ¿verdad? Asintió lentamente con la cabeza cuando le dijo que iría a hablar con su padrastro. No le parecía muy bien, pero si no había otra solución... Bueno.

Se dedicó a estrecharle la mano que le había cogido, mientras le movía los dedos arriba y abajo con las suyas y lo observaba, de forma curiosa. Era una pregunta a la que no quería llegar. ¿Qué había hecho? Seguro que su cabeza era un hervidero vivo de preguntas, lleno, rebosante, hasta no poder más. Hasta decir basta. Y a decir verdad, no le extrañaba para nada.— Saliste a la calle en calzoncillos gritando que eras el rey del mundo.— se le quedó observando durante unos instantes.— Es broma.— terminó por decir, aunque ni se reía. Suspiró por lo bajo, no quería hablar de aquello, quería achucharle, tumbarse sobre las raíces del árbol y pasarse horas charlando sobre cualquier trivialidad sin sentido. Pero aquello no. Tiene derecho a saberlo. Pues sí, lo tenía. Por eso tenía que hacer el corazón fuerte y decírselo a la cara, sin contemplaciones.— Pues tú...— ay, le costaba, se le quedaba la boca seca cuando intentaba decirle todo aquello. Se armó de valor y cogió aire hasta que les pulmones le dijeron basta.— Pues... Bueno, dijiste cosas que no eran muy decorosas precisamente. Pero eso ya lo tengo asumido, al fin y al cabo no eras tú quién lo decía. Supongo. Espero.— se recordó que no tenía que tirarse del labio cuando ya tenía la otra mano encima, pellizcándoselo de forma cruel. Qué manías tan masoquistas que tenía de desquiciarse ella sola. Y luego decían que era tranquila cómo el sol. Su madre. En esos momentos no había quién estuviese tranquila, y menos ella, que le bullía una cosa por la cabeza desde hacía un buen rato cuando le había visto. No se lo podía contener demasiado, pero se retenía a decírselo, por alguna razón. Por si lo había hecho intencionadamente, o lo contrario. No se había dado ni cuenta, ni tenía ganas.

— No precisamente de dormir.— cerró los ojos. Así las cosas eran más sencillas de decir. Veía lucecitas de colores volando en un fondo negro que eran sus párpados cerrados, y de pequeña quería intentar tocarlos con las manos sin llegar a alcanzarlos nunca. La sombra que le proporcionaba el mismo Krisz hacía que casi ni le diese la luz del sol. En fin, pues ale, iba a soltarlo, a ver cómo se lo tomaba. Igual para él era una tontería sin más, pero para ella no lo era, desde luego de tontería tenía bien poco para la rubia. Significaba muchas cosas por detrás de lo que parecía, pero tenía que saberlo de verdad antes que hacer nada malo y echarlo todo a perder.— Quise irme. Pero me... Bueno, me seguiste, por la calle. Y...— suéltalo, rubia, suéltalo ya — trataste de besarme. Y lo conseguiste, sin duda lo conseguiste.— abrió los ojos completamente para mirarle directamente a los suyos. ¿Estaba sonriendo?¿La rubia sonreía? Naaaah. Era... ¡No era una sonrisa! Que no. Hizo una mueca para disimularlo, aunque estaba más concentrada en mirarle los ojos. Casi siempre le veía con las dichosas gafas puestas, cuando se las quitaba era un milagro de esos que le daban ganas de meterle los dedos en los ojos sólo para tocárselos. Raro, sí, raro. Pero cierto. Se rascó la mejilla. No sabía bien qué decir, así que sólo podía esperar expectante a que escupiese en el suelo en aquel momento tratando de eludir el recuerdo, que sonriese, que se quedase tal y cómo estaba o que se diese un cabezazo contra el árbol. Dios no quisiera la última opción, que luego tendría que arrastrarlo hasta el hospital y quedaba un tanto lejos de dónde estaban plantados. Quizás no se lo tomara... Tan, tan mal, ¿no?— Pero... Pero... Quiero decir... No estuvo mal. ¡No! Bueno sí, ay... Quiero decir que no estuvo mal pero... No eras tú, y eso.




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Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Vie Ene 27, 2012 7:34 am



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CUATRO DE LA TARDE

Sus mejillas terminaron de encenderse por completo. Vaya que sí. Desde siempre él había poseído una palidez considerable. No tanta como la de los países nórdicos, pero sí como para que llegaran a confundirlo. Es decir, muchos que lo veían a primera vista pensaban que pertenecía a Canadá, Finlandia, Suecia… más que nada por el prototipo. En Hungría no hay temperaturas muy bajas, y puede haber sol durante muchos días seguidos, sin lluvia como en Londres. Es un clima normal, como el de todos. En verano incluso hace mucho calor, ya que están en Europa central. Cuando ya revela que es húngaro hay varias opciones: una, es que simplemente dicen que no lo parece y, por tanto, como han oído rumores tiene que bajarse los pantalones o, simplemente, bajárselos nada más decir su procedencia. Era un poco fastidioso que dejaran de mirarte a la cara y te miraran a otro sitio… ya entendía a las mujeres cuando se ponían escote. El tener la piel tan pálida provocaba que cuando se sonrojara fuera más visible, como si echaras un bote de pintura entero sobre un lienzo en blanco. Al llegar a Estados Unidos hace unos años a penas sabía el idioma y estaba más pálido aún, parecía leche pura, como la de Puleva. Con el paso de los años su piel fue cogiendo un poco de color, más que nada porque estar en California implica por supuesto dorarse la piel. No es que su piel fuera rara, si no que, de alguna manera, no sabía ponerse morena. Ya no habían restos del acento húngaro que poseía, pero aún así habían algunas palabras que no sabía su traducción. Con su madre, por ejemplo, sólo hablaba en húngaro. Los estadounidenses llamaban a su madre como ‘’mamá, mami’’ y esas cosas. Krisz la llamaba ‘’anya’’. Mismo significado, distinto idioma. El caso es que notaba sus mejillas arder, mucho. Tenía miedo de poner la mano y quemarse. Se le había olvidado por completo esa pequeña sonrisa que había florecido antes, ya no estaba. También se le olvidó toda la conversación que habían tenido. Las disculpas y todo eso… se habían esfumado. No sabía como reaccionar a lo que esperaba oír, porque… ¿qué es lo que esperaba? Es decir, tenía miedo de haber hecho algo mal. No sintió nada cuando le dijo que aquel dolor en la mejilla había sido provocado por un golpe suyo; esperaba con impaciencia la respuesta de su pregunta formulada.

¡Vaya, que traicionera es la impaciencia! Veía como su amiga balbuceaba, como intentaba buscar las palabras adecuadas para decir lo que tenía que decir. Los ojos del chico miraban con impaciencia los de la chica. Quería saber porqué no se había reído en aquella broma que ella misma había formulado, ni tampoco el porqué llegaba a balbucear tanto por algo. ¿Tan malo era? Cuando Shïva empezó a hablar empezó a sentir el nerviosismo por sus venas, atravesándole el pecho en un recorrido monótono y circulatorio, por donde iba la sangre. Estaba entremezclado, entrelazado. Quería pensar que sería una tontería tonta y que ella se estaba haciendo la dura y la interesante. Quería creer que todo lo que iba a decir era tan sólo una pequeña broma. Aferró su mano a la suya, como transmitiéndole cierta valentía. ¿Pero por qué había mezclado la valentía con la cobarde impaciencia? Paradójico. Lagunas aparecían en su mente conforme describió lo de salir a la calle. Recuerdos. Recordaba una pequeña brisa nublarle los ojos. Notaba como la madera fría llegaba a sus pies y cómo después sentía la acera de la calle. Una Shïva enfadada daba grandes zancadas, alejándose. El gorro de Krisz se había caído por el camino, aquel que tanto le gustaba a ella. Notaba la acera, qué fría estaba. ¿Por qué estaba descalzo? De sus labios salían palabras, más no lograba a escucharla. Sólo podía adivinar cosas por sus gestos, coléricos. Notaba un temblor en sus manos. Angustia, ira, ganas de desaparecer e inclusive un poco de inocencia. Notaba su garganta arder, sus pupilas dilatarse hasta el punto que no llegaba a distinguirse con el iris. Ojos negros como el carbón con el borde de los orbes de un azul pícaro, escondido. Sintió la ropa de algodón acariciarle las yemas en una suave cogida de brazo, para luego sentir una respiración cerca suya, pausada. Luego, de golpe, todo el dolor de cabeza se esfumó. Su estómago no sentía como si fuera a explotar, y ya no sentía sus pies fríos contra la acera. Sus ojos se habían cerrado con ligereza. Quería abrirlos. Preguntarse, ¿qué pasaba? Pero había una fuerza superior que se lo impedía, que no le dejaba. Hasta que, por fin, consiguió abrirlos. ¿Y qué vio? Su habitación. Pensó que había sido un sueño, pero fue entonces cuando recordó que el gorro no lo encontró, y que lo había perdido por la calle. Y entonces, las lagunas, dejaron de serlo.

El corazón le dio un pequeño vuelco, un brinco quizá a lo que escuchó. ¿Sus oídos habían escuchado bien? Se quedó estático. No sabía cómo reaccionar, qué decir o cómo actuar. —¿C−cómo?— balbuceó, sin poder creérselo. ¿La había besado? ¿A ella? ¿A Shïva? Un escalofrío le recorrió la espalda. El sólo imaginárselo provocaba que el pulso se le acelerara en un instante y las pupilas se dilataran, delatándole por completo. —V−vaya… Yo… perdona— se disculpó, pero no de corazón. No se arrepentía, en absoluto. ¿Por qué iba a hacerlo? Si hubiera estado cuerdo tarde o temprano lo habría hecho, a lo mejor por probar. Maldijo el no acordarse, ni tampoco el ver su reacción próxima a ello. Desde hacía un tiempo experimentaba cosas que no quería dar a luz, ni tampoco quería darse cuenta de ello. Era demasiado cabezota para pensar en cosas así, no podía malgastar su tiempo en hacerle caso a su órgano que bombeaba sangre. Sin embargo, esta vez lo había hecho, de forma inconsciente. Había sucumbido a los instintos, y tal reacciones se notaban en sus pupilas y en su pulso. Shïva lo miraba, con una sonrisa. ¿Sonreía? ¿Entonces… entonces no fue algo malo? Preguntas. Cuestiones atravesaban su cabeza, sobre el mismo tema pero en diferentes versiones. Todas ellas intentando recordar aquel suceso. ¡Maldito cerebro! Y maldito él, justo el momento en el que se había quitado las gafas. ¡Menudo momento! No quiso tomárselo mal, pero tampoco quiso tomárselo bien. Sólo por el hecho de no acordarse. ¿Por qué no lo crearon con una mejor memoria cuando se drogaba? ¿Por qué cojones tenía un trastorno de personalidad? A lo mejor sin aquel trastorno no superaría la media de coeficiente intelectual, ni tampoco sería la persona que era, sana como un roble por no beber ni nada fuera de lo normal. Pero con él ha hecho que a lo largo de la vida haya podido olvidar cosas que quería que no se olvidaran. Contradictorio. Se quedaban las que no quería y se iban las que deseaba. Sin quererlo, sin hacerlo de forma consciente, sonrió. Sonrió ante la tartamudez de la chica y su gran indecisión ante si el beso fue bueno o malo. Ella era la única que lo sabía en estos instantes, así que ella sólo podía juzgarlo. —Eh, eh, tranquila. Supongo que fue… algo espontáneo. Un empujoncito. Porque sé, que cuerdo no me habría atrevido. Si te soy sincero, a pesar de que mi memoria falla, no me arrepiento de ello. Para nada. A lo mejor puede molestarte o no, pero es lo que pienso. Y… y supongo que lo que siento



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Re: ¿Have you forgotten all the things? ₪ Krįsztiăn.

Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Sáb Ene 28, 2012 10:05 am







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Bueno, estaba dicho. La verdad es que no había sido tan grave tampoco cómo ella esperaba. Por que quizás esperaba que pusiese una mueca de asco, que se levantase para irse cohibido o algo similar, cómo siempre había visto en las películas. Pero no, tan sólo vio aparecer un tímido rubor en sus mejillas que la hicieron sonreír ligeramente, dándole unas ganas terribles de volver a pellizcarle uno de los mofletes. Pero dejó las manos quietas dónde estaban por que no quería pifiarla. Era un momento importante, las bromas estaban ahí, pero podían quedar a un lado por un momento. En aquellos momentos Shïva también podía ponerse seria, no siempre todo eran risas y juegos. Tenía su propia vida, y ahora parecía estar dando un vuelco inesperado con todas aquellas cosas que le iban sucediendo una tras de otra. Primero se encontró con Dallas, cosa que sin duda le chocó lo suyo. Luego pasó todo eso con Krisz... Y ahí estaban, hablándolo como dos personas normales y corrientes, sin alterarse, sin gritar, sin alzar la voz. En la tranquilidad y la calma del lugar, simplemente. Quizás cómo amigos, quizás cómo más. Shïva no se sentía para nada contrariada respecto a lo sucedido la noche anterior, porque, sinceramente, llevaba tiempo esperándolo. ¿Por probar? Quizás sí. Pero de todas formas lo hacía. No tenía nada de extraño o de malo, conocía de hacía bastante tiempo a Krisz y tanto tiempo juntos podía haber hecho florecer alguna cosa por ahí en medio. ¿El qué? A saber. Shïva no quería etiquetar las cosas con un nombre concreto, luego se equivocaba y metía la pata de mala manera. Le dio un ligero apretón en la mano y se mordió la mejilla por dentro, notando el sabor metálico de una pequeña herida que se había hecho. Eso eran los nervios, que le jugaban malas pasadas, muy malas.— Sinceramente, no creo que haya nada por lo que disculparse.— dijo, encogiéndose ligeramente de hombros y cerrando de nuevo los ojos, de la forma en que se sentía más cómoda y mejor. Todo le llegaba desde una prespectiva mucho más positiva. A veces se preguntaba qué sentiría si realmente abriese los ojos y no viese nada.

Así que no se arrepentía de haberlo hecho. Se lo había dejado bien claro, sí. Y... En realidad, ella lo pensaba detenidamente y aquello no tenía absolutamente nada de malo. Tampoco raro, era cierto. En un momento u otro posiblemente hubiese terminado sucediendo, así que... No había mucha diferencia, que se pudiese decir. Sólo que había pasado más temprano. Se rascó la mejilla, con un ligero rubor corriéndole por las mejillas. Sus vasos sanguíneos en esa zona estaban extremadamente dilatados, y notaba que el calor le subía desde el cuello hasta la cara de forma rápida y precisa, cómo si no pudiese detenerlo. Y en realidad, es que no podía. Ladeó ligeramente la cabeza hacia un lado.— ¿No te hubieses atrevido estando cuerdo? Pues... Pues... Supongo que yo tampoco. Pero mira, dicen que los borrachos y los niños nunca mienten. Quizás tú tenías el mismo grado de sinceridad entonces.— alzó una ceja, sin despegar las pestañas ya que estaba la mar de cómoda de aquella manera en concreto. El aire corría de tanto en tanto removiendo la hierba, que le hacía cosquillas en los pies y le arrancaba una sonrisa que no se convertía en carcajada de milagro. Siempre había sido de las de la risa fácil, y más si le tocaban sus puntos sensibles. ¡Jolín! Los pies eran uno, y en gran potencia además. Todo el mundo tenía cosquillas en los pies. Pero bueno, volviendo al tema. Empezó a tirar ligeramente de un brote de hierba seca que se había quedada plantada en el suelo sin más.— ¿La verdad? Yo tampoco me arrepiento de ello. Así que no lo sientas, simplemente, no lo sientas. Puede que yo contribuyese un poco también.— uno de los extremos de sus labios se elevó formando una media sonrisa torcida. Claro, ella también había puesto de su parte, no se habría quedado tal cual con los brazos cruzados. Por que era un momento de... Tensión. Eso, tensión.

Se estiró cuán larga era, dándose la vuelta para quedar boca abajo sobre sus piernas, poniendo las manos debajo de su cabeza para apoyar la mejilla en ellas. Así no le quedaría la marca del pantalón luego, que sino parecería que acababa de levantarse. Bueno, las cosas estaban bastante más calmadas ahora que antes, ya que se había solucionado la mayor parte del problema. Al final se alegraba de no haberse quedado encerrada en casa, sino a estas alturas estaría todavía amargada de mala manera por una cosa que no tenía ni cabeza ni pies. ¡Bendito Dios! Que la había impulsado a salir del sofá y moverse. Caminar, y ahí estaba.— Krisz.— se dio la vuelta hasta quedar de lado y alzó la mirada para clavarla en sus ojos directamente.— ¿Tú querías? Quiero decir, ¿quieres? Yo, ah... La verdad es que sí. Ya sabes... Quizás... Repetirlo en condiciones.— murmuró, en voz tan baja que no supo si la había escuchado verdaderamente o no. Aunque si no era así, no iba a repetirlo de nuevo. Le había llevado el alma en decir esa frase que estaba llena de tartamudeos y palabras extrañas que no llegaban a ligar las unas con las otras. Eso era lo que le sucedía cuando realmente quería decir algo que la ponía de los nervios, o más bien, que no le pasaba normalmente.— Bueno, supongo que da igual... Cuando tú quieras.— fue más una pregunta que una afirmación, no quería forzar nada. No, todo menos forzar.




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