¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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They'll never forgive us for the things we've done • Spring.

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They'll never forgive us for the things we've done • Spring.

Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Dom Ene 22, 2012 6:40 am



They'll never forgive us for the things we've done

TRES DE LA MAÑANA
Estrellas. Oscuridad. Tranquilidad. ¿Se podía pedir algo más? Quizá no tenía a penas conocimiento de las constelaciones, ni siquiera tenía idea que era la osa mayor o la osa menor. No sabía cuando Júpiter era visible entre las estrellas, ni tampoco que todo giraba de forma cilíndrica. ¿Era así? Bueno, qué mas da. El hecho es que era un ignorante total en la astronomía. También en muchos otros campos. Campos poco necesarios para lo que él hacía. Y sin embargo, podría ser capaz de estar toda la noche mirando aquellos puntitos blancos centellear. No necesitas tener conocimiento sobre algo para apreciarlo. Siempre había sido aquel chico rarito que podía observarte de la lejanía. Que le hablabas de matemáticas y parecía que fuera todo en chino. Y, a pesar de todo, sacabas muy buenas notas. Podría haber tenido un conocimiento extenso de todo, porque en su cerebro se podían acumular miles de cosas. Pero esas cosas que toda la sociedad se comía, las veía innecesarias. ¿Qué más daba que tipo de perro fuera cada uno? Como si hubiera sólo uno en el mundo. Se comprarían igual. ¿Y qué más da si hay miles de tipos de césped? Seguirá sirviendo para adornar un parque. Y, ante la reciente ausencia de litio, veía más a las personas que rodeaba como inútiles. Sentía aires de grandeza, creyéndose mejores que todos ellos. Poseía una mente brillante, más que todos la de los demás. Ciudadanos ignorantes, eso es lo que eran. Claramente no deberían de tomar a Krisz en cuenta. A falta de litio podía sentir los síntomas de su trastorno recorrerle la espina dorsal. Su período maníaco aún afloraba, restos de anteriores días y consecuencias que había terminado asimilando. El interés se había despertado sobre él, la taquipsiquia seguía funcionando con una rapidez impresionante. Sólo veía letras por encima de las personas, moviéndose sin lentitud alguna y revelándole cosas que a simple vista podía adivinar. ¿Cuántos perros tenían, en qué lugar trabajaban, a donde iban?

Uno de los cientos de síntomas que le provocaba esa enfermedad era el insomnio. Pensaba que el dormir era algo innecesario. ¿Qué cosas se perdía por la noche? Muchas. Sin embargo, a estas horas, y al saber que aún era entre semana, nadie se movía por las calles. Todo estaba vacío. Lo escuchaba desde el ático. Sus compañeros de piso no compartían ningún ruido, todo era silencio. Algo aburrido. No era lo mismo que un fin de semana. Tea hoy no se había acercado a su habitación a preguntarle con cuántas chicas había estado hoy ni había sufrido un ataque de celos. Suspiró. Le dolía la espalda de estar tanto tiempo boca arriba en la cama, sin hacer nada. ¡Necesitaba hacer algo! Hablar, moverse, lo que sea. Se levantó con brusquedad, abriendo el portátil y encendiéndolo. La impaciencia lo carcomía. Venga, venga, venga. Sus dedos se deslizaban con total rapidez para colocar la contraseña y para abrir messenger. ¡Nadie! Apretó la madera de la mesa con fuerza, llegándose a hacer daño en las palmas. Gruñó, a punto de cerrar messenger y tirar el portátil por la ventana, pero alguien se conectó. Sonó ese sonido de messenger característico de cuando se conectaba alguien y miró con desesperación. Sus ojos se movieron como rayos, viendo a la personita que había salvado su aburrimiento. Era nada más ni nada menos que su compi de celda. Aquella chica tan interesante que no había tenido oportunidad de desmigajar. Es decir, tal y como estuvieron las cosas por la manifestación, lo pagó bastante mal con ella. Y cuando quiso disculparse, todo fue a la normalidad. Aún se acordó de aquella noche donde sus amigos hacían un botellón. Él no bebió, ella tampoco. Y mientras todos hablaban y se emborrachaban cayendo por los suelos, ellos dos reían y hablaban sobre miles de cosas a la vez.

Abrió la conversación y la saludó. Pasaron dos minutos. No contestaba. Joder, ¿por qué no contestaba? Se iba a volver loco, desquiciado. Se puso un lápiz en la boca, mordiéndolo con fuerza. Faltó poco para partirlo por la mitad, cuando se dignó a devolverle el saludo. Estuvieron charlando durante aproximadamente veinte minutos, hasta que salió el tema del insomnio. Entonces se le ocurrió la brillante idea de preguntarle si quería dar una vuelta, a lo que ella aceptó. ¡Bingo! Por fin tenía algo que hacer. Y habían quedado nada más ni nada menos que en el observatorio. En fin de semana eso estaba lleno de adolescentes fornicadores que no podían hacer manitas en sus casas, pero cuando no eso estaba solitario y era un lugar perfecto para hacer lo que se quisiera, como si le daba por gritar ahí en medio que el mundo era una mierda. Ya estaba vestido, ya estaba todo. Así que nada más desconectarse ella, pegó un brinco y se largó a la calle. Ni se dignó a cogerse una ligera chaqueta, seguía con aquella camisa y con aquel chaleco. No obstante, se había dejado las gafas en casa. Volvió a gruñir, encaminándose de forma rápida al observatorio.

Filosofeó acerca de todo, esperando que ella se dignara a venir. Había venido andando, pero había un coche abandonado, así que aprovechó para subirse encima y tumbarse sobre el capote. Miraba las estrellas, las volvía a mirar, pero aún sentía esa hiperactividad dentro de sus venas. Como manía, empezó a mover los dedos de una mano, como si estuviera en coma y empezara a mover los dedos. ¿Por qué tardaba tanto? ¿Y si no viene? ¿Por qué, por qué, por qué? Suspiró con impaciencia, mirando el móvil e intentando jugar al pac-man. Tiró el móvil al suelo. ―¡Exasperante!― gritó, mientras se colocaba el gorro que se le había movido de la cabeza. Sacó de su bolsillo una caja de tabaco, sacando un cigarrillo y encendiéndoselo. Le ayudaba a relajarse, ¡pero no tenía las putas pastillas! ¿Dónde mierda estaban? ―Estúpida farmacia― bajó el tono. Si no llegaba ella dentro de unos minutos, iba a morir allí mismo y tiraría el coche abandonado por la cuneta. Entraría al observatorio y se cargaría el telescopio. Sólo esperaba que apareciera, porque si no armaría una tercera guerra mundial y no tenía ganas de eso.


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Re: They'll never forgive us for the things we've done • Spring.

Mensaje por Spring K. Winters el Dom Ene 22, 2012 12:22 pm



They'll never forgive us for the things we've done

TRES DE LA MAÑANA
Se había pasado toda la mañana en el agua, pillando cada ondulación del mar, aprovechando que el temporal había cambiado y que la nueva dirección del viento permitía que el océano se arremolinase. Estuvo horas metida, horas que parecían tan efímeras que para Spring eran un suspiro, pero finalmente tras una intensa media jornada cabalgando olas, las llemas de sus dedos estaban arrugadas cuales pasas y se sentía tremendamente fatigada - aunque muy satisfecha -. Esa era la sensación que le daba ese deporte: una inmensa satisfacción. Se divertía, descargaba adrenalina, se olvidaba del mundo y sólo se concentraba en mantenerse de pie sobre la talba. Decidió que era hora de volver a casa a comer y quizá volver por la tarde, así que volvió a tierra firme con su tabla debajo del brazo y aún enganchada a su pie, hasta que llegó a su coche y ya la dejó en los asientos traseros para ir a casa. Aparcó cerca de la entrada y en cuanto cruzó el porche unas risas cantarinas se escuchaban de fondo. Spring inspiró fuerte y entró, esperándose cualquier cosa. Olía a hierba, a maría, y sus padres estaban jugando en el sofá del salón ahora que ya habían terminado una cachimba. Quería a sus padres, mucho, pero de vez en cuando deseaba que se comportasen más como padres que como los críos que realmente eran, dos acaramelados enamorados colocándose en el salón de esa casa que compartían también con sus hijos. Aunque esto último se les olvidase con frecuencia, o fingiesen olvidarse. Aún con el neopreno puesto Spring cruzó el salón hacia su dormitorio con velocidad, agachando la mirada y saludándoles con un simple gesto pues las risitas tontas de su madre acallarían cualquier palabra suya. Rodó los ojos, se metió en el baño y, tras un lavado a fondo de su cuerpo y pelo para librarse de toda la sal y la arena de su cuerpo, Spring se dio cuenta de que le pesaban los párpados, exhausta del ejercicio de aquella mañana, así que fue tocar su cama y caer rendida sobre la colcha en ropa interior. Ni siquiera tuvo tiempo de meterse entre las sábanas.

Se despertó y le sorprendió que ni un rayo de sol se colaba por su ventana. Extrañada miró el despertador postrado en su mesita, un reloj digital regalo de su hermano por su cumpleaños muy original - véase el sarcasmo - cuyos números dibujan un dos y un quince. ¡Las dos y cuarto! Spring no podía creerlo ¡había dormido doce horas! Sí, era verdad que hacía una semana que no practicaba el surf de forma exhaustiva y que aquella mañana habían sido nueve horas sin parar, pero jamás dormía tanto tiempo seguido, pues el tiempo era algo demasiado preciado para ella y no le gustaba derramar ni un segundo de el lapso de tiempo que le había sido regalado. Además, había roto su horario y estaría despierta el resto de la noche, eso seguro. Salió al pasillo aún medio desnuda y se asomó al salón, aún apestando a hierba y con todos los cojines de los asientos dispersados por el salón. No había nada de movimiento en su casa ni ningún sonido que no fuesen los ronquidos de Marlon en la habitación contigua a la suya, un ruído tan fuerte que me preguntaba muchas veces si no se ensordecería a sí mismo una noche de estas. Spring no sabía qué hacer para matar el tiempo, pues hay poco que se pueda hacer en noche cerrada en solitario, así que finalmente se decide y se sienta delante del ordenador del comedor, el único en toda la casa. Por la forma en que hunde el botón de la torre y coge el ratón, con sumo cuidado en contraste con lo atolondrado de su persona, se puede decir que si algo no es la castaña es una experta de la informática. O directamente y generalizando, de la tecnología. Sin embargo se apaña para moverse por las pantallas en internet, para mirar el tiempo y averiguar si a la mañana siguiente habrían olas y, ya que está, comprueba si ese facebook que Shïva le hizo hace tiempo sigue en vigor. Pero, cuando su mano deslizaba el ratón por la alfombrilla en dirección al icono azul de la red social, una ventana emergió en el lado derecho de la pantalla. El messenger se encendía sólo desde que lo configurase así para ella su hermano, él que entendía más de todo aquello, y aunque no era muy dada de hablar con sus amigos vía internet, el hecho de que hubiese alguien conectado le alivió, y aún más cuando supo que era Sherlock.

Sherlock, cuyo nombre realmente era algo así como Kristian, era un muy buen amigo de Shïva. Pero, a pesar de que ese vínculo común había hecho que fuesen más cercanos, realmente se habían conocido haría un tiempo entre rejas, castigados por rebelarse ante la autoridad en una manifestación. Sin duda era un tipo interesante, uno de esos de estilo inconfundible, de esos que se pongan lo que se pongan les queda bien, incluso a la chilaba que utilizaba Spring para ir por casa sabría sacarle partido. Tardó en responderle, pues tuvo que cambiarle las pilas al teclado, pero luego comenzaron a hablar y filosofear sobre sí lo que te enseñaban en el colegio no era importante - a lo que estaba de acuerdo - para luego terminar hablando de si cada parque usaba un tipo de césped. O algo así. Lo cierto es que Spring se reía de la conversación, contenta de que aquel que iba a acortarle la noche fuese de aquellos a los que les gustaba divagar sobre cosas que a la mayoría les parecían insulsas, incoherentes. Finalmente ambos sienten que la casa se les cae encima y Spring no soporta estar sentada en aquella silla ni un minuto más, así que en cuanto él propone el encontrarse en alguna parte no se lo piensa ni un segundo, apaga el ordenador desenchufándolo de la luz directamente y va directa a su habitación para vestirse, pues empieza a refrescar. Se pone unos short vaqueros, de esos que tapan lo justo, y encima una sudadera de su hermano azul marino que le llega por la mitad de las pantorrillas. Sus converse tampoco faltan, unas que solían ser blancas pero que ahora son más bien beige y custodiadas con algún que otro dibujo marino. No se molesta en pintarse, nunca lo hace, y con el pelo cayéndole sobre los hombros recoge unas piezas de fruta de la cocina y sale hacía su coche, tardando cosa de diez minutos en llegar al punto de encuentro: el observatorio.

El observatoro de Los Ángeles era un lugar turístico que solía estar abarrotado especialmente los fines de semana, o eso había oído, pero ella jamás había estado allí y ni siquiera recordaba que en el colegio le hubiesen enseñado nada a cerca de las estrellas. Que estaban lejos, por eso las veíamos más lejos que el sol; que producían luz propia, al contrario que la luna... y lo siguiente que recordaba era el nombre de los planetas y algo acerca de unos osos. Sí, sabía algún que otro dato, pero le daba pereza pararse a recordar. Al llegar al aparcamiento no dio con Sherlock hasta que no se incorporó encima del coche sobre el que estaba tumbado y la saludó, a lo que ella respondió lanzándole las largas para que supiese que la había visto. Bajó del vehículo sin abrir la puerta, por encima, como solía hacer al tener la ventaja de llevar un descapotable; y se llevó consigo la fruta que había pillado en casa, una manzana medio mordisqueada en la boca, otra por si su amigo la quería y un plátano, rico en energía. Se acercó bailando, como si sonase música sólo que ésta tan sólo era audible en su cabeza, y al llegar al coche se subió al capote junto a él y le abrazó a modo de saludo, algo que muchos encontraban excesivo pero que para ella era tan natural como respirar. Se alegraba de verle ¿tan mal estaba expresarlo? - Has sido la salvación a la que iba a ser la noche más larga de mi vida - comenta la muchacha con aires distraídos, masticando el bocado de manzana que se acaba de llevar a la boca. Le pone la otra a él sobre el regazo y con una mano ahora libre, esconde los dedos y forma un puño para golpear con suavidad el brazo - Así que insomnio ¿eh? - comenta con el ceño fruncido, pues no tenía pinta de ser muy agradable ser incapaz de dormir las doce horas que ella se había tirado en la cama.

PD: Sorry por lo largo, juro que nunca salen así ;____;



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Re: They'll never forgive us for the things we've done • Spring.

Mensaje por Krįsztiăn R. Szilágyi el Mar Ene 24, 2012 5:02 am



They'll never forgive us for the things we've done

TRES Y PICO DE LA MAÑANA

Vaya, al final no tiraría el coche por la cuneta. Sus articulaciones aún conseguían mover su mano, como un tic. Hasta incluso lo llamaría tac. Pero sería un chiste demasiado malo para que los tontos lo entendieran. ¿Los tontos sólo? ¡Claro que no! Incluso la gente que podría ser superior en cuanto a coeficiente intelectual o un poco más inferior, no serían capaces de aceptar un chiste así. Porque claro, según muchos, Krisz era el ‘’rarito’’. Todos decían ser sus amigos, y en cambio, todos lo odiaban. El friki de las gafitas. El chico con cerebro de científico o de filósofo que prefirió ser artista. Contradictorio, su yin−yang interior mezclado con su bipolaridad. Podría haberse tirado un buen rato contando las estrellas, todas ellas. Al menos, todas las que veía a primera vista. Las pondría en categorías, todas ellas según el tamaño o el brillo; unas que parpadeaban y otras que no. ¿Y él que sabía que las estrellas que parpadeaban eran planetas? Una especie de ordenador automático en su cerebro procesaba toda la información que necesitaba. ¡Oh, aquella tan inmensa! ¿Dónde metería a la Luna? Era un astro, sí, pero debería estar en su correspondiente categoría. Su palacio mental estaba más que entretenido mientras sus neuronas daban órdenes y trabajaban sin ton ni son. Sabía que el universo era infinito, y por tanto, incontable. Pero él tenía una especie de plano. Todo aquello que tenía de frente, en un radio de unos metros, pertenecería a su distinción. Y todas aquellas que no lograba ver, ya sea por ser enfocadas o porque su vista no estaba tan agilizada, simplemente las descartaba. Era eso, o destruir cosas. Todo estaba en un pleno silencio. Aburrido. Rodó varias veces por el capote, hasta que se comió el pleno el suelo. Rió solo, de forma amargada, con un dolor de espalda que empezaba a aflorar. Se había caído de lado y había aterrizado de espaldas. Al menos, no había apenas altura. Un ruido atravesó sus oídos. El ruido de la tierra siendo aplastada por un neumático. Por varios. Levantó la vista, para mirar de dónde provenía. No obstante, antes prefirió sacudirse el polvo de la tierra y volver a el capote ya de nuevo algo frío.

Un descapotable se acercaba a aquel aparcamiento, y de forma poco exhaustiva, quiso saludar. Es decir, no iba a poner todo su empeño en mover agitadamente la mano. No estaba desesperado. O sí. Quería diversión, charlar con alguien, no podía aguantar el silencio. En estos momentos lo odiaba. Sería capaz de dar unas veinte vueltas al observatorio corriendo sin cansarse. ¡Aparca ya, aparca ya! Las largas hicieron que pusiera la mano sobre sus ojos. Lo había dejado más que cegato. Negó varias veces con la cabeza, notando las estrellitas en sus pupilas. En ese instante, se quedó sentado, esperándola. Vio cómo salía del coche con fruta y se dirigía hacia su posición. ¡Por fin, por fin, por fin! Spring se subió al capote, junto a él, dándole un pequeño abrazo. Por sus fosas nasales atravesaron la colonia de la chica. Un olor suave y agradable, mezclado con el toque característico de ella. —¡Pensaba que no ibas a venir!— contestó, algo alegre. Al menos ya esperaba que la noche no fuera aburrida, así ya podía mantener su insomnio más a rajatabla. —Podría decirte lo mismo. ¿Sabes lo estresante que es ver que no hay nadie conectado a las tres de la mañana? Son unos jodidos aburridos, por dios— ¿estresante? sí. Krisz se estresaba por muchas cosas, de la misma forma que se aburría de las cosas simples. No en personas, si no en cosas. La simpleza podría ser algo bonito, pero nunca solitaria. Un ejemplo era las paredes blancas. Eran sosas, aburridas. Si él pudiera, las pintaría entera con miles de colores, para darle más viveza. Otro ejemplo, el silencio. Algunas veces, hay que confesar que muchas en las que pensaba, quería un silencio absoluto. Le molestaba hasta que la gente respiraba. Se enfadaba y se dirigía a cualquiera; ''¡No te muevas, no pienses, no respires!''. Luego ya, como si nada, le pedía que hiciera ruido. Era como un momento de éxtasis, hasta que cuando acaba, prefieres proseguir con la monotonía ruidosa. El silencio representaba soledad, y la soledad no formaba parte de su yin.

Notó entonces la fruta en su regazo. Supuso que era una manzana con tan sólo el tacto, acariciándola varias veces. Una manía que tenía a la hora de tocar una manzana. Le gustaba limpiarlas antes, a pesar de que estuvieran limpísimas, impecables. Quería dejar constancia de que la había tomado en posesión, y dejando sus huellas dactilares, podría saber de sobra que esa manzana era suya. La levantó, llevándosela a la boca y pegándole un pequeño mordisco. Nunca había que menospreciar una fruta de verdura, aunque fuera más seguidor de la carne o simplemente de los dulces. Notó también el puño débil sobre su hombro. El golpe había sido tan suave que ni lo notó. Me refiero a que no lo notó de forma dolora, el tacto sí que lo había sentido. Desde que conocía a Spring sólo había llegado a sonreír muy pocas veces contadas, y todas ellas habían sido porque estaba Shïva junto a ellos y soltaba una tontería o a través del ordenador, porque no podía evitarlo. Esta vez, se le formó una pequeña sonrisa como respuesta al pequeño puño. Quiso contarle la verdad absoluta sobre aquel insomnio que lo acechaba muchas noches. Que sus sueños los convertía en pesadillas y que luego despertaba con alguien al lado, nada más y nada menos que con su compañera de piso, que según ella ''había escuchado cómo gritabas y quise saber cómo estabas''. Y ante la escasez de litio, podría decirse que eso empeoraba. No le molestaba pasar las noches leyendo alguna que otra tontería, viendo la tele y criticando todo programa que le pareciera irracional, pero aquello de que alguien se colara en su cama, y que encima fuera su ex, no es que le gustase mucho. Suspiró de nuevo, quitándose el gorro de la cabeza y peinándose un poco con la mano para no tener los pelos de loco, aunque llevaba tanto tiempo los gorros que el pelo se le quedaba tal y como estaba antes de ponérselo.

Sí, cariño, sí. Otro día más sin dormir. Tampoco es que me importe, así puedo hacer lo que quiera sin que el mundo me diga nada. ¿No crees?— sus respuestas sonaban despreocupadas, algo idas. Se recostó mejor en el descapotable, volviendo a la misma posición que antes. Le pegó otro bocado a la manzana, intentando visualizar mejor en la oscuridad. Ya no estaban aquellas estrellitas a causa de la luz. Ahora estaba solamente la oscuridad, reflejada con la luna. Porque eso era la única luz que había. Las farolas sólo podrían llegar a encenderse de forma intermitente los sábados, quizá para descubrir a esos chavales que se traían a sus novias para el simple magreo. Y además, parpadeaban por el hecho de que estaban rotas. Además de ser antiguas, esos chavales tenían la brillante idea de lanzar piedras contra las bombillas, rompiéndolas y haciendo que el suelo se llenara de cristales. Lo único que podía hacer él era ver cómo el futuro se iba a la mierda delante de sus narices. Pero sólo ponía una encogida de hombros. Sería capaz de meterse incluso en la banda de Anonymous, pero nunca iría contra aquellos de su misma edad, aunque lo deseara. A lo mejor algún día aparecía con salsa ranchera en una manguera un sábado a las dos de la mañana y la lanzaba hacia los coches. Sólo por joder. Miró a la chica, su salvación nocturna. —¿Así que siesta de doce horas, eh?— repitió su gesto, como signo de burla, pero no ofensa. Sólo se estaba divirtiendo con su falsa imitación.


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