¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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Lock, stock and two smoking barrels. ▶ Shadow.

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Lock, stock and two smoking barrels. ▶ Shadow.

Mensaje por Dallas J. Goldsmitch el Jue Ene 19, 2012 8:04 am


SÁBADO | 1.30 | LA MÚSICA ENSORDECE Y A NADIE LE IMPORTA

El sonido que desprendían sus pasos se chocaba varias veces contra cada pared que formaba el callejón, produciendo un ligero eco que llegaba a ponerle los pelos de punta a uno si se encontraba solo en el lugar. Por suerte allí había una decena de personas más que él, como mínimo, haciendo cola para entrar en el pequeño pub poco recomendable para aquellos que tuvieran un gusto ligeramente refinado o simplemente no quisieran tener nada que ver con gente del tipo de asistía a aquellos locales. Porque cuando entrabas allí realmente podías encontrarte con casi cualquier cosa, desde los moteros a los que Dallas acostumbraba a ver en el bar de su padre a gente que tenía pintas de todo menos de agradables y buenazos. Pero el muchacho no iba allí a pasar el rato y a ver cuánto tiempo podía permanecer sin llegar a quedarse sordo o que estallase la cabeza. Él necesitaba cumplir su pequeño reto personal, ése que se había implantado desde el primer día que vio a Shadow moverse sobre el escenario o soportar a un jefe que, desde el punto de vista de Dallas, era de lo más capullo. Y por eso, de alguna manera, necesitaba tenerla cerca. ¿Por qué el deseo de protegerla salía de él cuando pensaba que posiblemente aquella situación no le era en absoluto cómoda? Shadow era indomable, y él no iba a conserguir amansarla con palabras y promesas. De alguna manera le resultaba una mujer de lo más extravagante y, por ese motivo, cierta curiosidad y un profundo interés salían de él para desear tenerla dentro de su banda, mucho más controlada, lejos de aquel jefe y de un trabajo que sin duda no le iba a ser nada bueno.

Esperó a que llegara su turno para entrar y soportó la amenazante mirada que le echó el guardaespaldas antes de hacerle un simple movimiento de cabeza que indicaba que podía pasar. De golpe, el humo del tabaco que en su vida había soportado le golpeó las fosas nasales, mezclado con un intenso olor a alcohol que realmente llegaba a resultar repulsivo y otro tanto a algo que ni siquiera podía explicar con palabras. Entrecerró los ojos pensando que de aquella manera podría ver mejor en la penumbra, pero era imposible. El escenario estaba apagado y tan solo la tenue luz de las lámparas de la barra iluminaban el local. Y llegaba a resultar ciertamente claustrofóbico. No podías ver si alguien estaba detrás tuyo, ni si se movía la gente por el local a menos que pasasen cerca de la barra y puieran ser ligeramente iluminados. Por ello Dallas agarró con firmeza su chaqueta de cuero e intentó apoyarse en una pared esperando que en nada se encendiera alguna luz que le permitiera llegar con vida a alguna de las mesas. Entonces se fijó con mayor detenimiento en lo que ocurría detrás de la barra. No, ahí no estaba Shadow. Su lugar estaba ocupado por un hombre y una mujer que posiblemente no fueran mayores a ella, pero entonces, ¿dónde narices se había metido? Siempre que Dallas acudía al local la veía sirviendo mesas o detrás de la barra, a veces sola y otras acompañada, sí, pero siempre por ahí. Sabía que además los sábados era posible encontrarla por ahí. Entonces, ¿habría tenido la mala suerte de acudir a verla un día que no trabajaba? No podía creer que las casualidades fueran tan pésimas.

Se acercó tanteando el terreno hacia una de las sillas en las que estaba descansando la que parecía ser una compañera de Shadow. Con el ceño fruncido y lo que seguro era una expresión de absoluta confusión, se acercó a ella y le dió un par de golpecitos en la espalda antes de acercarse a su oído para que pudiera escucharle bien. — ¿Ha venido Shadow hoy a trabajar? —Preguntó sin querer chillar en exceso pero sintiendo la necesidad de hacerse escuchar. Pero no le dio tiempo a escuchar la respuesta. No porque, en ese preciso instante, las luces del escenario se encendieron de golpe en tonos que mezclaban el rojo y el amarillento. Y captaron la atención absoluta del joven. Sí porque, de golpe, vio ante él la imagen de la persona que había estado buscando aquella noche sin haberse llegado a imaginar nunca que alguna vez la vería de aquella manera. ¿Shadow era... bailarina? ¿Desde cuándo? Las veces que allí había asistido Dallas se había dedicado a limpiar y servir mesas, no a bailar sobre el escenario. Mejor dicho, desnudarse. Como si de un padre se tratara, el sentimiento de subir de golpe al escenario y bajarla con brusquedad lo invadió. Pero sabía cómo era su jefe. No quería meterla en problemas. Así que sin desarlo tomó asiento y... simplemente se limitó a mirar el espectáculo, esperando su momento para asediarla de nuevo como normalmente hacía.


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Re: Lock, stock and two smoking barrels. ▶ Shadow.

Mensaje por Nixie S. Jägger el Jue Ene 19, 2012 10:51 am

+

Para Shadow era una noche más. Una de tantas en su vida. Le tocaba ir a currar y como siempre, llegó a la hora. Ni muy tarde, ni muy temprano. Obviamente el local estaba abierto, y a rebosar. ¿Por qué esa marabunta de gente? Por el simple hecho de que aquella noche, ella bailaría sobre el escenario. No lo hacia siempre. Normalmente se limitaba a servir copas o a llevarse clientes arriba, en las habitaciones del segundo piso. Pero del desnudarse ante el publico, solo lo hacia ciertos días. Eran los clientes fijos quienes la conocían de verdad, y sabían de ella. Muchos de ellos habían probado de su fruto prohibido, y habían tenido la oportunidad de saborear aquellos finos labios. Mancillando su menudo y pálido cuerpo, con sus toscas caricias. Aquella vida no era la más recomendable para una adolescente de dieciocho años, que por cierto, aparentaba algo más. Y es que si llegaban a pillarla, una buena le caía seguro. En el local trabajaban solo tres menores. Eran buenas en su trabajo las tres, por lo que el jefe, cedió ante la idea de tenerlas allí trabajando para él. No, sí idiota no era. Pero era un listillo hijo de perra, el cual se aprovechaba de Nixie todo lo que podía. Claro que la morena no se dejaba tanto como él querría en realidad. Demasiado fiera como para intentar domarla. Solo el dinero podía amansarla, y depende de que cosas le pidiesen, ni eso hacía. Como cierta norma que se la había sacado de la manga, a la hora de acostarse con hombres. Muchos se la saltaban a la torera, y ella tenia que echarlos a patadas de allí, o bien llamar a Bob y Tommy, los seguratas del local.

Gente que salía. Gente que entraba. Pero Nixie se encontraba en los camerinos. Un espacio pequeño, en donde los roces con las compañeras y compañeros, eran inevitables. Y no digamos los codazos o empujones que se propinaban gratuitamente. Algo que estresaba a la mayoría del personal. Más de una vez, se habían dado de ostias en aquél minúsculo espacio. Nixie se mantenía siempre apartada de todo. A no ser que su mejor amiga, Tara, estuviese implicada en alguna de esas peleas. O ella misma también. Acabó de ponerse los zapatos de tacón. Y se puso en pie, mientras se miraba al espejo. Por suerte le había tocado el largo, donde podía mirar perfectamente, si aquello que se ponía esa noche, le quedaba bien o no. Aunque era una gilipollez. Nadie iba a fijarse en aquél conjunto. Solo iban a admirar sus carnes, y punto. No hacia falta comprobarlo. Era de cajón. Se colocó bien los pechos dentro de aquél sujetador bordado de color negro y blanco. Y después pasó ambos dedos pulgares por la goma de su tanga, del mismo color, yendo a juego con sus tacones negros. Su cabello estaba igual que siempre. No se lo recogía, porque no podía. Aunque eso decepcionaba a más de un cliente a la hora de intentar agarrarla del cabello cuando estaban en pleno juego. Así se sentían ellos dominantes. Asquerosos cavernícolas sin escrúpulos.

El espectáculo comenzaba. Faltaban escasos segundos para que las luces se encendieran con un solo chasquido, y el público – más masculino, que femenino – estallase en gritos y silbidos. Eso a Nixie le traía sin cuidado. Ella iba a hacer su trabajo. Pero no a regocijarse para nada. Muchas de sus compañeras, amaban que las tocasen, que les dijeran cosas guarras. Eso a Shadow le ponía más nerviosa que otra cosa. Le asqueaba. Le ponía enferma. Aun así, no iba a irse de allí. A menos que el dinero floreciese o cayese del suelo. Y debía ser una suma lo suficiente grande como para poder vivir bien. Claro que esas fantasías no iban a cumplirse jamás de los jamases. Así que tenía que joderse y aguantarse. Apechugando con lo que se le venía encima, cuando las luces iluminaron por fin el escenario. Ella salió. No parecía la Nixie de siempre. Aquella que vestía con colores oscuros, y ropas que ninguna señorita se pondría ni por asomo. Allí era mil y un nombres. Todos la llamaban por nombres diferentes al suyo. Y eso tal vez era lo que le provocaba la sonrisa. Que nadie sabía como llamarla. Nadie podía reclamar su atención. ¿O sí? Fue una cara, lo que hizo que ella esbozase una sonrisa divertida. Mira quien tenemos aquí. A Mister Dallas. Ni corta ni perezosa, comenzó a coquetear con otros hombres. Recogiendo aquellos billetes que caían en el escenario, o bien en las ligas negras que se había puesto antes de salir a escena.

¿Por qué lo hacia? Por pura diversión. En realidad le importaba tres pimientos si él se celaba o no. O más que por diversión, por dinero. Joder, ¿Cómo iba a rechazar ella a hombres – e incluso alguna mujer también – que le daban una muy buena propina? No podía permitírselo. Divisó a lo lejos, en una de las paredes, a su Jefe, pero apartó la mirada enseguida, sintiéndose incomoda. Aquél cabrón… algún día lo mataría. Palabra.
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