¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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Mensaje por Shïva T. Ronnanbersch el Jue Ene 19, 2012 4:16 am







Home, sweet home.

17:45 PM. ₪ Ático de Shïva ₪ Fuera, el sol se ha escondido, llueve.





Menudo desastre. Pero desastre desastre. Se le había volcado un bote de pintura en el salón, y no sabía qué cojones hacer para limpiar aquello. Miró el reloj, bueno, no tenía planeado hacer nada hasta la noche, que igual se encontraba con Nixie. Pero demonios, no podía ir a ningún lado un sábado para comprar algo con lo que limpiar aquel estropicio de color azul que había quedado esparcido por encima del parqué de madera. Al menos no había llegado hasta la moqueta roja que descansaba a medio metro más allá, por que si le sucede eso entonces ya se hubiese tirado por la ventana o algo semejante. ¡La madre que...! Buf. Tuvo que respirar hondo. No sucedía nada, ¿de acuerdo? Venga. La joven se obligó a moverse rodeando el charco que se había formado allí, viscoso pero semejante a un pequeño mar, para ir a coger la fregona. Arrastró el cubo hasta el sitio del accidente, pero tan sólo consiguió que la pintura salpicara al poner aquel objeto encima para eliminar todo aquel azul. Bueno... Ahora no sabia qué hacer. Así que se decidió a llamar a la persona que quizás pudiese ayudarla, aunque no sabía por qué. Quizás por que había pasado bastante tiempo en su casa y sabía cómo era el suelo, puede que se le ocurriera alguna idea brillante y maravillosa para arreglar el estropicio. Cogió el móvil de encima de la mesa sin acordarse de que tenía las manos manchadas también, así que por decirlo, le hizo un nuevo estampado a su móvil. Ahora sus huellas habían quedado marcadas en azul en la tapa del móvil. ¡Estupendo! Qué más le daba ya.

Marcó el número rápidamente y se llevó el auricular al oído, mientras se movía de un lado a otro oyendo sus pasos amortiguados sobre el suelo, iba descalza. Esperó a que respondiera, pero no.— ¿Hola?¿Ed?— se empezó a morder una uña, manchándose el labio de azul. Joder, luego no le extraña que fuese todo el día con manchas encima, si es que era inevitable.— Eh... Digamos que he tenido una pequeña emergencia en casa... Estaba intentando abrir un bote de pintura azul cuando...— notó que pisaba algo resbaladizo y miró hacia abajo.— ¡Mierda! Lo siento. Mi pie. Vale, em, el problema es que se me ha volcado por el suelo. Sí, el de madera, el del salón. No sé qué hacer para quitar la mancha, no se va con agua.— hizo un mohín a su lado de la línea, ciertamente algo molesta por aquel hecho. Le hacía gracia, sí, pero aquello era para morirse. Si no conseguía que se fuese viviría toda su vida con aquel manchurrón sobre su conciencia.— ¿Se te ocurre algún plan para arreglarlo un domingo por la tarde?— se tuvo que ir saltando a la pata coja sosteniendo el móvil con la otra mano hasta el baño para meter el pie dentro de la ducha y echarse agua.— Menudo desastre. Bueno, si oyes este mensaje... Llámame, o algo así. ¿Vale? Hasta pronto.— colgó el móvil y lo dejó encima del mármol del baño, debatiéndose entre si reír o llorar por el día que llevaba. Y eso que acababa de empezar la tarde prácticamente, le quedaba medio día por delante todavía. La de desgracias que le podían suceder eran tremendas, un repertorio bien ancho por escoger. Aquel día ya llevaba la mala racha encima de por sí.

Por la mañana se le había caído un pincel por la ventana, se había tropezado con las sábanas al intentar levantarse de la cama. Después al mediodía su hamburguesa de carne y beicon se había chamuscado en un arrebato furioso de la sartén, y para colmo casi se le rompe un plato. No sabía qué era lo que había hecho mal para merecer aquello, pero estaba claro que debía ser muy malo. Quizás había pisado a un gato negro o algo así. O quizás había roto un espejo el día anterior. O había pasado por debajo de una escalera. A saber. Pero estaba claro que no era su día de suerte ni de lejos, por que todo lo que le estaba pasando se podía considerar cómo malo. Y encima llovía, para terminar de rematarlo todo. Por suerte los días de lluvia no salía nunca, sino capaz de caerle un tiesto en la cabeza y abrírsela en dos. Terminó por sentarse en el sofá, mirando por la ventana las gotas recorrer rápidamente el cristal antes de precipitarse al vacío que quedaba debajo de ellas. No le gustaban los días de lluvia, la ponían... No de mal humor, tampoco triste, pero no le gustaban demasiado. Y menos si estaba sola. Sólo faltaba una tormenta para estropearlo todo. Aunque ya sería demasiada mala suerte. Demasiada. Tendría que santificarse o algo a aquel paso. Y no, no era católica. Pero decir que eso le asustaba era poco. Normal, desde su parecer, no se podía decir que lo fuese. Sólo esperaba que a Ed se le ocurriese algo antes de que la pintura se secase en el suelo y ya no hubiese más remedio que rascar con una pala hasta ver el manchajo que quedaría debajo para siempre. Qué vergüenza, pero qué vergüenza tener que pedir ayuda para algo así. Si es que era la torpeza en persona eh, no había nadie en la faz de la tierra con tan mala suerte cómo ella. Y las pintas que debía llevar eran cómicas, pintura en la cara, pintura en las manos, pintura en las piernas y en los pies. Terminaría cómo un icono de Avatar, demonios.




Shïva T. Ronnanbersch
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