¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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- Yo quería comida china, da igual, he pedido pizza. {Dallas}

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- Yo quería comida china, da igual, he pedido pizza. {Dallas}

Mensaje por Bonnie J. Farrow el Miér Ene 18, 2012 10:40 am



21:29 · Salón · Martes




Las horas habían pasado con tal rapidez que ya no sabía dónde se encontraba. Se había tomado un par de copas de vino tinto y había llamado a Dallas más de tres veces sin obtener respuesta. Se había encargado de pedir pizza porque, después de varios mensajes que el susodicho si contestó la había mandado a hacer la cena y no pretendía que aquel día tocase encerrarse en la maldita cocina. Se encontraba tirada en el sofá mientras en la mesita y con la televisión encendida descansaba aquella pizza que había arrancado anteriormente de las manos al muchacho que la había traído, esa era otra historia completamente diferente aunque si divertida de escuchar. Cuando el chico había llegado Bonnie ya estaba completamente borracha, podemos decir que a la rubia no suele sentarle bien el alcohol aunque para mucho eso sea una buena señal. Es de aquellas que tienen muy claro lo que quieren y sobre todo el momento en el que lo desean y es más que posible que al abrir la puerta la muchacha que ahora estaba espatarrada en aquel pequeño sofá rojo de aquel ático en un intento nefasto de ser moderno se hubiese tirado al cuello del pobre pizzero de no más de dieciocho años pidiéndole sexo sobre la encimera de la cocina. ¿Qué por qué? Porque ella era así y seguramente el chaval y sus ojos azules la habían cautivado en cuestión de segundos. Dallas no estaba ahí para reírse así que la cosa acabó pronto. Arrancó la pizza del temeroso chico y le pagó para empezar a comer sin su compañero, si tardaba, era cosa suya.

Había cambiado de canal por lo menos unas cuatro veces y estaba terriblemente aburrida, se hubiese quedado dormida si no le diese vueltas toda la maldita habitación. Cuando fue a coger aquella botella de vino esta cayó al suelo rompiéndose en mil pedazo y aún estando vacía y sólo manchando levemente la alfombra de un rojo amoratado consiguió hacer estallar en risas a la rubia que seguía tirada en el sofá mientras ahogaba las carcajadas en uno de los cojines a juego con los sillones. Era muy posible que la situación en su misma no fuese del todo divertida y que posiblemente nadie entendiese lo que estaba ocurriendo allí pero si era más que cierto que el aburrimiento llevaba a la muchacha a beber sin control y a disfrutar de aquellos pequeños catástofes caseros. Alcanzó su móvil deicida a no levantarse más de allí puesto que en su estado aún lograría cortarse y volvió a marcar el número de Dallas. - Serás puto... - murmuró antes de echarse a reír de nuevo cuando el contestador salió por enésima vez aquella tarde, aquella noche, porque el manto de estrellas ya mecía la ciudad que se perdía a oscuras. Ni loca le hubiese preparado la cena porque cuando llegase, si eso hubiese ocurrido, tendría que matarle, no habría otra opción. Cerró los ojos sólo un instante y los volvió a abrir para alcanzar el mando y volver a cambiar de canal, como estaba haciendo durante horas, no había nada en aquella caja tonta que en ese momento llamase la atención de la rubia y eso, señores, es algo que nunca más podréis llegar a contemplar.

Sus piernas desnudas se movían hacia arriba y hacia abajo haciendo una serie de ejercicios raros que nadie lograría entender jamás. Se vestía, simplemente, con una camiseta suave y azul de tirantes y aquellos pantalones excesivamente cortos de color blanco. El pensar en su ropa le hizo preguntarse si estaba engordando. ¿Qué por qué? Posiblemente porque el pizzero la había rechazado, en realidad ni siquiera había abierto la boca. Sus pensamientos se vieron atacados por el sonido molestoso de la puerta, una llave que giraba entorno a la cerradura, sonora, vibrante. - ¡Ya era hora, capullo! - gritó para que, cuando la puerta se abrió uno de los cojines que antes estaban en el suelo se estampase contra la cara del chico que acababa de entrar. Bienvenido a tu pequeño infierno de nuevo. Los cristales en el suelo y la risa sonora de la rubia ante el momento fueron lo único visible en el instante, un caos, como de costumbre.



Bonnie J. Farrow
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