¿Existe algo peor que una vida superficial entre belleza, playa y rumores durante todo el año? Pensarás que no. Pero en California, más concretamente, en L.A, la cosa se puede empeorar. Y mucho. Están aquellos que gozan de una vida totalmente al estilo propaganda hollister, y están esos otros que su vida es un constante viene y va de conflictos, peleas callejeras y otros problemas sociales y personales. Pero cuando esta armonía se rompe y algo interfiere en la vida del otro, aparece esto, una bonita guerra de sociedad en bandeja de buffet. Suena típico, sí, sin embargo, no sabes lo interesante que puede ser y lo atractivas que son estas historias. Y los secretos que hay detrás de cada uno de ellos, es la guinda del pastel.
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Cualquier momento puede ser la excusa perfecta. ▶ Cassie.

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Cualquier momento puede ser la excusa perfecta. ▶ Cassie.

Mensaje por Dallas J. Goldsmitch el Miér Ene 18, 2012 6:53 am


UN MARTES CUALQUIERA | 16.45 | SECCIÓN DE HISTORIA

Aquel día se había levantado con el pie equivocado. Lo más seguro era que probablemente aún estaría tirado en la cama soñando que estaba haciendo eso cuando en realidad se limitaba a dar vueltas y vueltas sobre la manta y ahogarse en la almohada. ¿Qué si no iba a estar haciendo Dallas Goldsmitch caminando hacia la librería como si fuera una cosa de lo más habitual en su vida? De hecho, no recordaba haber paseado nunca por una zona como aquella, la cual dirigía a una de las librerías con más prestigio de la ciudad. Sin duda él estaba completamente fuera de lugar en aquellas calles de las que era expulsado de forma indirecta con pequeñas miradas de desprecio de sus viandantes, o con múltiples recordatorios de que aquella zona pertenecía a gente con un nivel económico bastante superior al suyo. Aunque ante aquello lo único que podía hacer el joven era meterse las manos en los bolsillos y continuar caminando como si no se estuviera enterando de nada mientras el hilo musical que desprendían sus cascos le ensordecía y apartaba del mundo de una forma bastante evidente. Pudiera ser la simple curiosidad de despertarse un día por la mañana y ver un anuncio en televisión que mereciera la pena recordar y que, instintivamente, te hiciera pensar en algo perteneciente al pasado, cuando algo de interés por los estudios aún seguía en su mente. Gracias a dicho anuncio Dallas saldría de su piso compartido esa mañana con ganas de comerse el mundo y unos cuantos libros para recordar épocas pasadas, sí, más o menos un par de años.

¿Realmente un anuncio de televisión podía realizar una cosa como aquella? La respuesta era no. No porque aquella mañana Dallas no había encendido la televisión al no haber tenido tiempo para hacerlo, por lo que jamás podría haberse quedado cautivado por lo que fuera que dijera ni crecería en él un ferviente y repentino entusiasmo por querer ojearse un libro de estudios. ¿Entonces en qué lío nos estamos metiendo? No, aquel acto no merecía explicaciones absurdas y estúpidas. Simplemente esa mañana Dallas había querido tener un detalle con un compañero de su banda, y no precisamente comprándole un libro que sabía que no se leería, sino haciéndole una visita a la librería en la que trabajaba dentro del puesto de mantenimiento. Era uno de los miembros más recientes y, sin embargo, Dalle le había cogido cariño con una facilidad asombrosa. Además, siempre le había parecido divertido acompañar a alguien mientras éste hacía su trabajo. Así él podía hacer lo que más le gustaba, que era ponerse a bromear por casi cualquier cosa. Sí, sin duda se divertía, fuera a costa de los demás o con ellos.

Subió peldaño a peldaño las escasas escaleras de las que disponía el enorme local y con un simple giro de muñeca tiró de la puerta para entrar en el lugar. Todo aquello estaba sumido en un silencio al que no estaba en absoluto acostumbrado. Allí cada uno tenía la cabeza metida en su libro y no alzaban la vista por nada ni por nadie, a no ser que cualquiera hiciera el más mínimo ruido, que entonces saltaban todos como depredadores buscando con una mirada acusadora al causante de tan molesta intervención. Sin una, unos malditos exagerados. Por éso Dallas tuvo el cuidado de apagar la música antes de entrar en la librería, ya que aunque le diera absolutamente igual que decenas de miradas se clavasen en el a modo de reproche, tampoco quería que le fichasen antes de tiempo. Relamente la mayoría de la gente que acudía a aquellos lugares estaba de lo más amargada. O es que el joven no era nunca del todo objetivo. Con una media sonrisa en el rostro se acercó al mostrador en el que estaba trabajando una de las dependientas. — Perdona, ¿sabes si un tal Joz ha venido hoy a trabajar? —Preguntó con un tono de voz que cuidaba precisamente el no ser advertido por los demás presentes en la sala. Pero la chica negó con la cabeza y entre susurros le explicó que aquel día iba a entrar media hora más tarde por motivos personales, lo que quería decir para Dallas que tendría que tirarse allí encerrado durante una longeva media hora sin hacer prácticamente nada.

Paseó entonces por las diferentes secciones que ofrecía la librería, más amplia de lo que esperaba desde fuera. No recordaba cuál había sido la última vez en la que se había encontrado rodeado de tantísimos libros. Posiblemente en sus años de instituto, aunque pocas veces se quedaba encerrado en la biblioteca estudiando cualquier cosa. Iba a la ley del mínimo esfuerzo, y si aprobaba justo para él era todo un logro. Y no se arrepentía de haber hecho las cosas de aquella manera. Sus años de instituto habían sido una constante juerga y, mira, al final se había graduado. Realmente había cosas en la vida que sí podía apreciar, y una de ellas era el tiempo que había pasado encerrado en las aulas, más preocupado por verle el escote a la de atrás que de atender a las explicaciones del profesor. Sin saber cómo, sus pasos le condujeron a la sección de historia, repleta de libros que contaban miles de anécdotas sobre multitud de partes del pasado. Y lo más sorprendente era que estaba desierta, nadie interesado en ella en aquel momento. Por lo que allí el silencio era desquiciante. Aunque gracias a él pudo escuchar los pasos de alguien que caminaban por el sector paralelo al suyo. Frunció el ceño, deseando saber de quién se trataba, hasta que una cabellera rubia, la cual pudo ver por la pequeña ranura que dejaban los libros de un estante a otro, se paró justo en frente suyo. Dallas entrecerró los ojos, intentando averiguar de quién se trataba por si le resultaba familiar, demasiado curioso para tratarse de él. Así que segundos después retiró con brusquedad el libro que les separaba y su rostro cambió por completo al enfado al ver de quién se trataba. — ¿Y tú qué demonios haces aquí? —Espetó a Cassie intentando no elevar el tono del susurro.


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Re: Cualquier momento puede ser la excusa perfecta. ▶ Cassie.

Mensaje por Cassie I. Khielkovich el Miér Ene 18, 2012 1:33 pm


all i want,
is a place to call my own To mend the hearts of everyone who feels alone Whoa, you know to keep your hopes up high And your head down low Keep your hopes up high and your head down low Still got something left to prove It tends to keep things movin' while everyone around me says My last days are looming overhead But just what the hell do they think they know? I keep my head above the water While they drown in the undertow Let's leave no words unspoken and save regrets for the broken.


Después de lo que parecieron un montón de horas, había podido escapar del control de aquella mujer que se transformó en un ogro en cuestión de segundos cuando le mencionó que iría a visitar a Shïva. Aún tenía los oídos adoloridos de sus regaños, de las mismas palabras y la combinación del vocablo “gentuza” junto a otro montón de ellas que ni siquiera era capaz de entender. Nada podría haberla hecho correr fuera. La primera oportunidad, la primera salida. Cassandra escapó. Dejó atrás cualquier cosa que estuviese haciendo, que iría a hacer y a las personas del servicio con la palabra en la boca. Sin duda, otra conducta impropia de su parte, un acto de rebeldía que sería castigado cuando volviese a poner su pie en la enorme residencia de los Khielkovich. Inclusive, la soleada mañana del martes había perdido su encanto, el ruido de los carros se había convertido en la daga que se clavaba en sus oídos y todo había quedado sumido en esa extraña luz grisácea que detestaba. Aún tenía las yemas de los dedos cubiertas de pintura y ni siquiera se había molestado en limpiarse el traje o arreglarse un poco el cabello antes de salir corriendo a la calle, cruzando por la enorme puerta como alma que lleva el diablo. Y a nadie le importaba en absoluto. Cassie era conocida por sus conductas extravagantes, por su desobediencia y su afán por el arte, la enfermiza necesidad de retratarlo todo. Sí, porque ella se pintaba el mundo, se imaginaba colores que no existían, se creaba fantasías y vivía de ellas cada segundo de su vida. Su mente era como una caja de Pandora, incomprensible para los ojos humanos, para esos incautos mortales que sólo vivían paralelamente a lo necesario. A lo terrenal, común, simple. Jamás podría vivir así, nunca podría levantarse pensando únicamente que en las preocupaciones, en los deberes, en las tristezas. Era demasiado fantasiosa y alegre. Ni siquiera ahora, que una mínima parte de su humor se extravió a quién sabe dónde, aún podía ver los rayos del sol como la cosa más maravillosa. Sentir en sus mejillas el viento, oler el aroma del aire —y sí, suena tonto, pero para ella existía— y ver arcoíris inexistentes. Un cúmulo de sensaciones que cobraban vida en una sonrisa sencilla, única y sincera.

El sonido de pasos apresurados, tacones que repiqueteaban el suelo con fuerza la sacaron de su ensimismamiento. Sin necesidad de volverse, sabía quién era. Irene. El nombre inclusive había dejado de ser deslumbrante como antes, en realidad, se había convertido en un extraño y gélido susurro que la hacía estremecerse suavemente. ¿Cómo una madre podría ocasionar esa sensación en su hija? Cassie no podía responderse a sí misma en esa cuestión, no podría ni querría hacerlo. Antes de si quiera pensárselo mucho, gritó adiós, moviendo la mano de un lado a otro antes de cruzar la carretera a paso rápido, sin mirar a ver si el semáforo estaba en rojo o si venía un automóvil en su dirección. Simplemente caminó, con la mirada alta, la sonrisa de niña pegada en el rostro y el pequeño bolsito de mano dónde sólo llevaba su móvil, su cartera y una pequeña agenda donde escribía cualquier cosa que se le ocurriese. No existía un rumbo fijo, lo único que hacía era caminar, saludando y dando grititos de vez en cuando al observar algo que le atrajese. Desde el punto de vista de los demás, parecía la típica turista que acaba de llegar a los Ángeles, pero todos sabían que no era cierto. Aquella rubia de rizos rebeldes y carita de ángel se conocía el Estado como la palma de su mano igual que a las personas que habitaban en él. Todos eran capaces de mirarla y reconocer a la tía loca que se detenía delante de ellos, coger una libreta y hacer bocetos de ellos. O esa misma rubia que se ponía frente al vidrio de una pastelería y gritaba emocionada cada vez que sacaban un nuevo bocadillo y gritaba: ¡Sí! Cada vez que veía su favorito. Esa misma que cruzaba las calles sin ver para ningún lado y dejaba caer el bolso o se detenía en mitad de la carretera para ayudar a un bicho, animal o persona. La misma tonta. La misma y angelical criatura que reía sola y hablaba con ella misma.

Tac, tac, tac. Los veloces taconeos de sus zapatos y el constante movimiento de sus piernas la llevaron, aún sin darse cuenta, a Adamson House, su librería favorita, allí donde se pasaba horas y horas oculta en alguna de las secciones para que nadie la viese leer esos tontos libros románticos sobre damiselas en peligro y príncipes azules. Uno de los mejores lugares para escaparse un rato. Ya se conocía a los dependientes, a los jóvenes del aseo, a los que la visitaban con frecuencia y claro, todas la conocían a ella. Al llegar a la puerta estiró la mano, sujetando el pomo, abriéndolo en un sutil giro de su muñeca y entró, con la misma sonrisilla cariñosa pegada en el rostro. —Buenos días, Penny. —Saludó suavemente con el típico tono cantarín de su voz. La dependienta de ese día, una chica bastante simpática en opinión de Cassie, le sonrió en respuesta con un bajo y callado “buenos días para ti también, señorita”. Odiaba esa última palabra, más aún cuando era pronunciada en ese tono que dejaba a luces que todos conocían el dinero de sus padres. Volvió a repetir las mismas palabras en voz baja a medida que se adentraba en las secciones de la librería, había muchos conocidos y algunos levantaban la cabeza para corresponderle y otros tanto simplemente asentían escuetamente. Sin embargo, a ella no le importaba. Su atención la dirigía únicamente a esa sección donde había escondido el libro de la romántica historia de Marco Antonio y Cleopatra. Oh, sí. Había llorado como una chiquilla, sorbido los mocos que se les escapaban y abrazado el libro como cualquier demente. Por esa misma razón prefería adentrarse a la única zona donde casi siempre se encontraba vacía: La sección de historia. Ahí, escondido entre la historia de Hitler y los motivos que iniciaron la segunda Guerra Mundial, estaba el libro de pasta dura, de color café, con boyantes letras doradas escritas en romano. —Aquí estás. —Susurró para sí misma, tomando el texto entre sus manos y abriéndolo por la parte donde se veía sobresalir un papelito de color rosa, perfumado. Realmente eso de leer era un placer para ella, se encontraba emocionada simplemente leyendo una parte que muchos considerarían aburrida pero no Cassie, que emitía pequeños sonidos de gozo cada vez que encontraba algo interesante.

Sumergida en su propio mundo, se había abstraído de todo a su alrededor, devorando con los ojos cada una de las palabras en las que se posaban hasta que el sonido de una voz conocida la sacó inmediatamente del trance. Cassie soltó un gritito, dando un respingo que la hizo soltar los libros de un tirón y volver el rostro con cara de susto en dirección a la persona que le había hablado. La combinación de emociones que siguieron después, hicieron que su rostro adquiriera la tonalidad rojiza de un tomate e infló los cachetes, frunciendo severamente el ceño. — ¡Eso mismo debo preguntarte yo! —exclamó, tratando de contener el azorado sonido de su voz. —No debieras estar aquí, es… es… es… —se trabó— ¡no es tu lugar! —puntualizó aún con los mofletes inflados y las cejas entrecerradas. Aún le temblaban las manos debido al susto y había dejado caer el texto al piso. Se agachó, sin dejar de murmurar cosas inentendibles entre dientes y agarró el pesado libro, observando de paso que tenía unas pequeñas manchas rojizas. —Eres un grosero, atrevido, descolocado, malhablado… —murmuró por lo bajito, sacudiendo el libro como si fuese capaz de quitarles las manchas de pintura. No le dedicó una mirada, no podría hacerlo. Al menos no cuando su corazón latía frenéticamente contra su pecho y parecía querer salirse de su caja torácica. — ¿Qué haces tú aquí? —Preguntó por lo bajito, dirigiéndole una rápida mirada de reojo.
words; 1357
THANKS EMILY @ ATF.




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